Halagada por los elogios disparatados de la vieja y sus extraordinarios relatos de las costumbres gitanescas, Feli la veía llegar con agrado todas las tardes. Algunas veces venía acompañada de otras mujeres y hacía gala de su gran amistad con «la señorita».
Feli se fijaba en la hija de Teodora, una joven de catorce años, casi una niña, toscamente vestida de luto y con un aire de resignada tristeza, como si fuese una monja obligada a vivir en el mundo.
—Es viuda, señorita—decía la vieja—. Se le murió el marío a los dos años de vivir juntos... Ya no podrá casarse nunca: lo prohíbe nuestra ley. La mujé no debe tener mas que un marío. Los hombres pueden casarse asín que pasa el luto: pa eso son hombres; las hembras, no. Mírela usted a la probesita. Tan joven, y pasa la vida acordándose de su difunto. Se acabaron pa ella las fiestas, las bodas y los saraos. Cuando murió el marío, hizo que la cortasen el pelo con navaja, na de tijeras, tal como es ley entre nosotros; se echó un capisayo por la cabeza, y a llorar. Duerme en sábanas negras, calza zapatos de gallego, sólo viste paño del peor, y cuando hay fiesta en casa se va a la de una vecina, huyendo de ruidos. ¡Ay, la Merivén! ¡Qué mardita bestia! ¡Y qué de tristezas trae!...
Y al nombrar a la Muerte, a la terrible Merivén, hacía grotescos ademanes de espanto, como si la tuviese delante y quisiera apartarla con las manos.
Feli se fijaba otras veces en una jovencita de rojas peinetas en el pelo, hueca falda de flores con largos volantes y un sinnúmero de collares verdes, azules y rosa. Era casi una niña; la pubertad apenas había hinchado la tapa de su pecho con los capullos femeniles; sus ropas huecas, sonando con escandaloso fru-fru, denunciaban una delgadez de escuerzo femenino.
—Y esta mocita—preguntó Feli—, ¿cuándo se casa?...
—¡Anda!—exclamó la vieja con impúdica risa—. ¡Pues si ahí donde usted la ve, está más abierta que la puerta de la Macarena!... Es la mujé de mi hijo Rafaé, al que yaman el Boto... Tiene trece años; pero más mocita me casé yo con mi difunto... a los once.
Y la Teodora relataba a Feli los incidentes de un casamiento, el acto más importante de la vida gitanesca. Los jóvenes de veinte años ponían sus ojos en alguna mocita que sólo contaba doce o trece. Las mujeres, después de esta edad, no tenían valor alguno. El enamorado buscaba el apoyo de alguna hembra de respeto por sus años. En las Cambroneras siempre era Teodora la escogida. «Señá Teodora: yo quiero a la Fulana, pero con buen fin.» La vieja, satisfecha de que pusiera en ella su confianza, iba en busca de la mocita. «Fulanito quiere ser tu buñó, pero con formaliá, pa casarse en seguía.» Y la virgen gitana, bajando la cabeza, daba su contestación. «Puesto que no me quiere pa engañarme y perderme, y ya que una mujé de tanto respeto saca la cara por él... bueno, seré su buñí.» Se veían a espaldas de los padres, lejos del barrio; pasaban horas enteras solos, en completa libertad, pero no había cuidado de que un buen gitano osase cosas mayores.
Cuando el buñó se creía en situación para sostener una casa y contaba con un compadre que se prestase a ser padrino, corriendo con todo el gasto de la boda, robaba a la buñí, llevándosela a la casa de sus padres. ¡Gran escándalo en el barrio! El bato de la novia salía a la calle gritando que iba a matar a su hija. Todos los amigos, compadres y vecinos, le agarraban para que no realizase su venganza paternal. Juraba, ponía los ojos en blanco, pedía una pusca de dos cañones bien cargada de plomo para matar a los fugitivos, una churí afilada para cortarles el cuello, y no se movía del sitio, a pesar de que los amigos apenas si le sujetaban, limitándose a dictarle prudentes consejos, como era costumbre.
—¿Qué vas a jaser, compare? Son cosas de la vida... Lo mesmo hisimos nosotros cuando éramos chavales.