El padre acababa por meterse en casa, y como en algo tenía que demostrar su indignación, la costumbre era que diese a su mujer una paliza de muerte.

A los dos días se presentaba el gitanillo raptor ante el padre de la novia, con su chaqueta de terciopelo granate y el pavero blanco de los días de fiesta. Se arrodillaba compungido, se apoderaba de una de sus manazas, la besaba, y gemía después:

—Su mersé es el cuchillo, y yo, probesito de mí, soy la carne. Corte su mersé por donde quiera.

Estas palabras, repetidas durante siglos, conmovían al gitano viejo y hacían que se le saltasen las lágrimas, como si las escuchase por primera vez. Levantaba al chaval, le echaba los brazos al cuello, y decía conmovido:

—A ti te perdono porque te quiero, porque no tienes culpa de na... Pero ella, que no venga, porque la mato.

Pocos días después presentábase la muchacha escoltada por la Teodora y otras respetables brujas de las Cambroneras.

—¡Aquí ties a tu chica!—gritaban desde la puerta—. ¡Vamos a ver si la pegas, peazo de bruto!

El gitano rodaba los ojos, levantaba los brazos como si fuese a aplastar a la chavalilla, caída a sus pies con las manos juntas y el rostro compungido, y de repente rompía a llorar.

—¡Mi hija!... ¡grañí de mis entrañas! ¡Qué disgusto nos has dao!

La abrazaba, dándola ruidosos besos, y su pobre mujer no lloraba menos, pero era de gozo, viendo terminado por el momento el período de las palizas.