La muchacha volvíase a la casa del novio, y allí permanecía hasta la boda, que tardaba seis, ocho o diez meses, mientras los padres reunían dinero para la costosa ceremonia.

Feli sentía curiosidad por conocer un matrimonio entre gitanos. Había oído cosas estupendas.

—Cogemos un cántaro—dijo riendo una compañera de la Teodora—, lo echamos por alto, se rompe, y ya están casados.

—¡Gaya, malage!...—exclamó la vieja—. No le tomes er pelo a la señorita. Eso del cántaro no es verdad: es jonjaba que les damos a los payos; mentiras que se tragan, ansí como creen los marditos que robamos a los churumbeles para sacarles las mantecas. No hay cántaro ni na que se le parezca. Algunos, hasta se casan por Roma... Esta, por ejemplo.

Y señalaba a su nuera, riendo maliciosamente al recordar los grandes regalos de la boda. Unas señoras ricas que iban a explicar la Doctrina a una iglesia cercana habían sentido simpatía por aquella muchacha tan guapa y apuesta, mostrando empeño en casarla católicamente.

La vieja habló con ellas, alegando el obstáculo insuperable de la pobreza. Los gitanos eran buenos creyentes y no tenían miedo a entrar en la Cangrí, o sea en la iglesia. ¡Pero los erajais (nombre que daban a los curas) hacen pagar tanto por su trabajo!... Las devotas señoras, conquistadas por la cháchara de la Teodora, corrieron con todo. Al novio le hicieron un traje completo, con capa de rico paño, y a la novia la pusieron hermosa como una Virgen. Encima les dieron cien duros y compraron el dulce por arrobas para que se hartasen todos en las Cambroneras.

-¡Qué boda, señorita!... ¡El parné que sortaron esas santas!... La Cangrí estaba toíta yena de luces; a mis nenes les echaron por la cabeza una manta dorá, y un erajai muy hablador comenzó a dar voces, como si nunca hubiese visto gitanos casándose por Roma; como si juésemos caribes, de los que no creen en Dios... A luego se tiró el durce en las Cambroneras como si lloviese del cielo: los manrelaos caían como granizo... Y cuando las señoras se najaron y quedamos solos, casamos a los chavales a nuestro uso, conforme a la ley gitana.

La Teodora, antes de hablar de esta ley y sus prácticas, miraba en torno con recelo. Todas eran casadas o viudas; no había ninguna mocita: podía hablar sin miedo.

El principal personaje de las bodas era ella, la señora Teodora, alias la Catañeta, la encargada de catañear a la moza. Un día antes de la ceremonia iba a Madrid, acompañada de las más viejas del barrio, todas con grandes cestas para los dulces. Los compraban por arrobas, especialmente los mantejos (las almendras o peladillas), que era el principal regalo de los gitanos. Había que adquirir, además, la corona de llores para la novia, la banda de raso que le cruzaba el pecho, y el pañuelo, el famoso pañuelo, objeto principal de la ceremonia.

—Compradlo de lo mejor—decía el padrino, que cargaba con todo el gasto—. Que no os duela; que sea de nipis, de lo más rico; la Teodora entiende de estas cosas.