Su voluntad desplomábase, vencida, falta de fuerza para luchar: quería morir. Todos los caminos estaban cerrados para él; iba como si el mundo se hubiese despoblado de pronto. Toda la nieve que abarcaban sus ojos la llevaba en el alma.
En la Puerta del Sol vio una hornilla enorme llena de fuego, y en torno de ella un tropel de golfos, de vagabundos, que se calentaban las manos, pataleando al mismo tiempo para reanimar sus pies entumecidos.
Maltrana uniose a ellos, y el benéfico influjo del calor pareció despertar su voluntad. ¿Qué hacía allí? Pensó con remordimiento en Feliciana, que temblaría de frío en su casucha, mientras él se calentaba en el público brasero. Aquellos vagabundos sin familia y sin afectos eran superiores a él; podían luchar más bravamente con la desgracia.
Creyó en la posibilidad de conmover a aquel tendero de las Cambroneras al que tanto debía. Su salvación, por el momento, estaba allí, ya que en Madrid todos eran invisibles, como si el frío endureciese las conciencias, como si la paralización de la vida aislase a los hombres en su egoísta bienestar.
Regresó a casa. Al salir por la Puerta de Toledo vio la nieve inmaculada y tersa, sin una huella, sin el pisoteo fangoso de las calles, igual y brillante, como una inmensa mortaja que cubría el río, los montes, las viviendas, y de la cual surgían los árboles como hilos sueltos.
Le dio miedo esta extensión, rasa a la vista, que ocultaba las desigualdades del suelo, las cunetas, los hoyos de los árboles, los declives de los desmontes. Su pensamiento, quebrantado por el hambre, entorpecido por el frío, creyó ver, con tétrica alucinación, la imagen de su vida futura en esta planicie blanca, silenciosa, monótona.
El mundo estaba frío, sin alma y sin piedad; contemplaba su marcha penosa sin un impulso de misericordia.
¡Morir de hambre!... Por él, que fuese al momento: descansaría de una vez. Pero ¿y aquella infeliz que le aguardaba, enferma y casi enloquecida, como si no pudiese con el peso de sus entrañas? ¿Cuál iba a ser su suerte?...
Maltrana el altivo, el hombre superior, cuya palabra era un hachazo; el fervoroso creyente de la alegría de la vida y su refinado helenismo, sintió que sus piernas flaqueaban, y se apoyó en un árbol.
No podía más: era un vencido. Confesaba su cobardía, cayendo anonadado bajo el zarpazo de la Suerte.