¡Pobrecillo! Se llevó las manos a los ojos y rompió a llorar con vagidos de cordero abandonado, como un niño que despierta en las tinieblas y siente el vacío en torno suyo, sin que sus manos temblonas tropiecen con el calor del pecho maternal.
XI
El mismo día de la nevada, un nuevo infortunio conmovió dolorosamente a Isidro.
Al volver a su casa pudo comer. El dueño del tenducho de las Cambroneras pareció apiadarse de su miseria, aceptando todas las promesas de pronto pago. La inclemencia del tiempo ablandaba al tendero, y el joven logró subir con dos panes, una botella de vino, queso y una lata de sardinas.
Fiesta completa. Después de comer, sintió un renacimiento de su amor a la vida. Arañó sus bolsillos para reunir las últimas briznas de tabaco; lió un pitillo, y despidiendo nubes de humo con la voluptuosidad del bienestar, contempló detrás de los cristales el paisaje nevado que tan honda tristeza le inspiraba horas antes.
Feli apenas pudo comer: sentía repugnancia ante aquellos manjares. Una náusea los repelía de su boca, y de nuevo se sumió en su inmovilidad, en aquel agotamiento que la hacía permanecer como insensible.
El joven se apartó de la ventana al oír un suspiro de angustia.
—¡No veo... no veo!—gimió Feli, llevándose la mano a los ojos.
-¿Qué te pasa, nena? ¿Qué sientes?