—¡Salguerillo... Salguero! ¡Por tus muertos te lo pido! Avisa a la Teodora... que venga. Mi mujer se muere.

Cuando se retiró de la ventana vio a Feli revolviéndose en el suelo, rugiendo con una expresión espantable que crispaba los nervios, llena la boca de espuma que se coloreaba de rojo con la sangre de la lengua. Las convulsiones la habían hecho caer de la cama, golpeando el suelo con su vientre. El joven tuvo que realizar grandes esfuerzos para subirla y sujetarla, evitando que rodase otra vez.

Su respiración comenzó a ser menos agitada. Abriose su boca, absorbiendo el aire con grandes y ruidosas aspiraciones; la nariz se dilató desmesuradamente, chocando después sus alillas al contraerse. Comenzaron a descender en intensidad los estremecimientos; los músculos cesaron de contraerse. Los brazos se extendieron pegados a las piernas inmóviles. Los ojos mostraban las pupilas dilatadas, con una veladura mate, como si fuesen ojos de cadáver. Un sueño pesado, letárgico, se apoderó de ella.

Maltrana creyó por un momento que había muerto, pero al aproximar el oído a sus labios se tranquilizó. Una débil respiración animaba con su estertor el cuerpo inmóvil.

Entonces oyó que llamaban a la puerta, y fue a abrir para que entrasen la Teodora y otra vieja.

¿Cuánto tiempo había transcurrido?... Las gitanas llegaban corriendo, alarmadas por el recado de Salguero, pero Isidro creyó que había pasado algo así como un siglo.

Dejose caer en una silla, como si al recibir el auxilio de aquellas mujeres sintiese de golpe todo el terror que la crisis le había causado.

La Teodora examinó a la enferma, mientras Isidro le explicaba lo ocurrido con voz temblona. Ella conocía estos accidentes: había visto a muchas mujeres sufrir lo mismo en sus embarazos.

—Es mal de corazón, don Isidro—decía con la certeza que le proporcionaba su ciencia—. La señorita es tan poca cosa, que el embarazo la trae trastorná. Esto, en cuanto suerte la churumbela que yeva dentro, ya no se repite.

Después habló de sangrarla; ella era capaz de hacer la operación. Había pinchado a todos los enfermos del barrio con una maestría que ya quisieran tenerla muchos barberos. Pero ante el gesto de Maltrana se contuvo. Conformes: no la sangraría; por el momento ya había pasado el peligro; pero en cuanto despertase la pobre «señorita», iba a administrarla unas tacitas de un cocimiento que hacía milagros: hierbas del campo recogidas por ella misma y que guardaba en su casa. La compañera fue por los hierbajos, y Maltrana y la vieja quedaron junto a la enferma, contemplándola silenciosos.