Feli dormía tranquilamente, con los ojos cerrados. El sueño parecía arrollar en su avance los últimos signos de la enfermedad.
Cuando despertó, después de anochecer, llevose la mano a la frente, como si quisiera fijar sus recuerdos. Miró en torno de ella, titubeando, como extrañada de verse en el lecho, en plena noche, a la luz de una bujía que marcaba en la pared las sombras de Isidro y la Teodora, sentados junto a la cama.
—¡Ya está buena la señorita!—gritó la vieja—. ¡Olé, ya tenemos niña!
Maltrana, instintivamente, se abalanzó a la enferma, besándola repetidas veces, sin hacer caso de la extrañeza de Feli, que pugnaba por reunir sus recuerdos.
La gitana, ayudada por su compañera, confeccionó en la cocina su famosa infusión, de la que hizo beber varias tazas a la enferma.
Viendo tranquila a Feli, se fueron las dos viejas, recomendándola que no abandonase el lecho. Aquello no había sido mas que una crisis propia de su estado: tal vez habría cogido frío. Había que cuidarse, que el tiempo era muy perro.
Al quedar solos los jóvenes, Isidro habló a la enferma del miedo que había sentido.
—Creía que ibas a morir, que te perdía en un instante.
Y añadía con sencillez, temblando aún su voz con el recuerdo de la pasada emoción:
—¡Ay, Feli! ¡No mueras, mi alma! No he sabido lo que te amo hasta esta tarde, en que creí que te ibas para siempre.