Isidro esperaba una explosión de llanto, la protesta de una repugnancia instintiva, y quedó asombrado al ver la inmovilidad del rostro de Feli, sus ojos fijos y tristes puestos en él. Tras una larga pausa, bajó la cabeza en señal de asentimiento. Sí que aceptaba: iría al hospital, pero sin participar de los optimismos del joven.

—No siento—murmuró, moviendo su lengua con gran dificultad—, no siento mas que el no verte... y que tal vez no volveremos a vernos nunca.

-¡Feli de mi alma—gritó Isidro—, no digas eso; no lo creas, nena mía!... Volveremos a ser felices. Verás qué bien te tratan allí.

A la mañana siguiente, Maltrana salió muy temprano, dirigiéndose a la calle de Atocha para esperar en la puerta de San Carlos a un antiguo camarada de la época estudiantil, que ya era doctor y ayudante en una clínica.

Apellidábase Nogueras, y era un joven de carácter alegre, pequeño de cuerpo, con lentes de grueso cristal, que tomaba a broma los lances de la vida, como si le curase de todo espanto el diario espectáculo de las miserias y desarreglos de la máquina humana. No había visto a Isidro en mucho tiempo, y al reconocerle en la puerta de la Facultad de Medicina, le echó los brazos al cuello, riendo de su facha miserable.

—Eso de la literatura debe de ir mal—dijo—. ¿Necesitas algo de mi? Pide lo que quieras, menos dinero. Ya ves: doctor, profesor clínico, y tengo mil quinientas pesetas al año... con descuento. Menos que los que barren los ministerios.

El alegre doctor cesó de reír ante la gravedad de Maltrana. Este le habló de Feli y de su enfermedad.

—¡Vamos, es una queridita que te has echado!—dijo el médico.

Isidro contestó afirmativamente. Sí; una querida a la que amaba como muchos maridos no aman a sus mujeres; una querida que podía gloriarse de una fidelidad que pocas esposas conocían.

—Bueno, adelante—dijo el médico levantando los hombros—. ¿Y qué es lo que tiene?