Maltrana explicó las crisis de Feli, haciendo un esfuerzo para recordarlas en todos sus detalles.
—No digas más—interrumpió el doctor—. Los síntomas son claros. Pensaba bajar contigo a las Cambroneras para verla, pero ya no es necesario: eso es lo que llamamos nosotros eclampsia puerperal. Hay que provocar el parto, acelerarlo, o corre peligro de muerte. Tráela esta tarde; te esperaré en la Comisaría. La meteremos en la clínica de partos. Yo no estoy en ella, pero recomendaré tu socia al compañero, con grandísimo interés... Hasta la tarde, ¿eh?
Tenía prisa: su catedrático le esperaba en la sala de profesores. Le mostró la entrada de la Comisaría, una puertecita algo más abajo del gran portalón de la Facultad. Allí, a las cuatro.
Y se fue sonriente, sin que el dolor de su camarada arañase el caparazón de indiferencia con que parecían acorazarle las desdichas humanas.
Por la tarde abandonó Feli su casa. Fue una marcha lenta, que hizo sufrir mucho a Maltrana. Al verla pasar la puerta del tabuco creyó percibir en su oído un lamento desgarrador. Se iba para no volver: se cumplirían los presentimientos de la enferma. ¡La perdía para siempre!
La cuesta de las Cambroneras y el paseo de los Ocho Hilos fue una calle de Amargura.
Feli, envuelta en su mantoncillo, cubierta la cabeza con un pañuelo que formaba visera sobre sus ojos, avanzaba con torpe paso apoyándose en su amante.
Sus piernas hinchadas apenas podían moverse; el abdomen monstruoso la atormentaba con peso sofocante. Las largas semanas de inacción en su casucha de las Cambroneras habían entorpecido los resortes de su movilidad. Deteníase a los pocos pasos; se dejaba caer, jadeando, en todos los bancos y poyos del paseo.
La Teodora quiso acompañarla hasta la Fuentecilla, animándola con sus palabras y gesticulaciones gitanescas.
—Arriba, mi niña... A ver cómo echamos unos pasitos más; a ver cómo se mueven esos pinreles bonitos.