Y volviéndose hacia Maltrana, murmuraba con expresión llorosa:

—¡Está muy malita, don Isidro! ¡Qué bien jase usted en llevársela!...

Pasaron la Puerta de Toledo, y en la Fuentecilla se separó la gitana, después de dar varios besos a la enferma.

—¡Que el Baró der sielo te ponga pronto buena; que su santísima mare no se aparte de ti!... Adió, terronsito de asúcar; adió, armendrita durse!...

Y sus últimas palabras ya no se oyeron, pues se alejó con la cara oculta en el delantal.

Isidro hizo subir en un carruaje de alquiler a la llorosa Feli, conmovida por los adioses de la gitana. Recordaba el joven los primeros tiempos de su amor, cuando vagaban por las cercanías de Madrid, ocultándose de las gentes. Desde entonces no habían ido en coche. Ahora, todo el dinero que guardaba en el bolsillo, una peseta y algunas monedas de cobre, era para pagar esta carrera de dolor, la última tal vez que harían juntos.

Entraron en la Comisaría por entre varios grupos de mujeres andrajosas con niños al pecho y hombres de mísero aspecto, todos mostrando repugnantes enfermedades: cegueras purulentas, costras roedoras, abcesos que desfiguraban sus miembros, retorciéndolos. Esperaban su turno para la consulta gratuita. Un fuerte olor de antisépticos impregnaba el ambiente.

Nogueras, el alegre doctor, les vio por un ventanillo del despacho inmediato y salió a su encuentro. Miraba con fijeza a Feli, y ésta bajó los ojos, avergonzada... ¡Pchs! No era gran cosa como mujer...

Quedaron los dos amantes frente a frente, en una situación embarazosa.

Maltrana, al venir en el carruaje, estremecíase pensando en el horror de la despedida, llantos, gritos, abrazos, y tal vez un nuevo ataque de la enferma.