XII
Ya no volvió a las Cambroneras. Tuvo miedo de vivir en aquella casa sin Feli. Sentía el terror de los que pierden a un ser querido y no osan penetrar en la mortuoria habitación. ¿Qué iba a hacer solo en aquel extremo olvidado de Madrid, entre las gitanas que le recordarían a la amante?...
Necesitaba ver gente nueva, aturdirse, olvidar su tristeza.
Aquella noche volvió a la redacción, después de una ausencia de tantos meses. Los compañeros le recibieron con irónicas ovaciones.
—¡Homero! ¡Ya está aquí el gran Homero!... ¡Salud al ilustre «tabarrista»!
Y le preguntaron si traía como fruto de su soledad algún artículo de los que sembraban el pánico en los suscritores.
Algunos de la redacción le habían visto paseando con Feli por el Retiro.
—Di, Homero: ¿qué has hecho de aquella muchacha tan simpática que llevabas del brazo?... ¿La encontraste en algún libro griego? ¿Era ática o beocia?
—Está en el hospital—contestó Maltrana con los ojos llorosos.
Su acento era tan triste, que impuso silencio a los alegres compañeros.