Pasaba las noches en la redacción. Había perdido la costumbre de trasnochar, y como no quería volver a su casa, buscaba los cuartos sin luz, dormitando en un diván. Si llegaba una visita y había que encender luz, Maltrana era despertado como un perro, y sacudiendo las aletas del abrigo pasaba a otro cuarto o se iba a la calle, procurando terminar el sueño en la casa de algún amigo.
Apenas comía. Ansioso de distracción, de conversaciones que le aturdiesen, juntábase muchas noches con ciertos borrachos famosos, y bien entrada la mañana se les veía por las calles más céntricas, con paso inseguro, discutiendo a voces de filosofía o literatura. En mitad de una disputa, el recuerdo de Feli asaltaba a Isidro, y rompía a llorar. Los compañeros atribuían la culpa de este llanto al coñac. Beberían cerveza.
Muchas mañanas iba a la puerta de San Carlos a esperar a Nogueras. Este hacía un gesto de repulsión al verle.
—Sigues mal camino, chico; apestas a aguardiente. ¿Qué resuelves emborrachándote?...
Maltrana contestaba con mal humor. No pedía consejos: lo que deseaba era conocer el estado de Feli.
El joven doctor mostrábase impaciente. ¿Creía él que no tenía otras cosas en qué ocuparse?...
—¡Figúrate, con seis mil reales por todo sueldo!... Tengo que visitar mucho y a gentes que pagan mal. Además, esa muchacha no es de mi clínica... La vi anteayer. Me pareció que estaba bien; pero si los ataques de eclampsia se repiten, puede morir en uno de ellos. Van a provocarla el parto: tal vez esto la salve.
Al día siguiente fue Nogueras quien, al verle, le habló el primero.
—Eres padre: arriba te guardan un niño las monjas. Su salud es buena y la madre no ha salido mal del parto. Si no quieres que esa segunda edición de tu persona vaya a la Inclusa, recoge pronto al pequeño.
Maltrana no experimentó ninguna emoción. Sólo pensó en ir a las Carolinas para dar la noticia a su abuela. ¿Qué iba a hacer él con el chiquillo? La señora Eusebia se encargaría de cuidarle.