Y la abuela, conmovida por el suceso, bajó a Madrid para recoger a su biznieto, acompañada de otra mujer. Isidro fue con ellas hasta San Carlos, pero no quiso pasar de la puerta. Lo dominaba el egoísmo de su cobardía. Ya había sufrido bastante. ¿Iba a mejorarse ella porque le viese?...

Cuando salió la abuela quiso enseñarle el niño, que su amiga, más joven y fuerte, llevaba en brazos.

—Míralo, Isidro—gemía la vieja llorando de alegría—. Es un querubín: ¡qué rico!... Es hijo tuyo, ¡tu retrato!...

Maltrana miró esta carne palpitante apenas contorneada que se removía en el fondo de un mantón. Sí que era su retrato: feo, con su misma fealdad y la de aquel pillete que estaba en la cárcel entre los rateros menores. La misma cabeza enorme, que parecía moldeada por las manos de la desgracia.

La Mariposa se llevaba su biznieto. Nada de buscarle nodriza en las Carolinas. Conocía a cierta mujer del barrio, que se había casado con un músico de regimiento, y ahora, retirado él del servicio, tenía una tiendecita junto a la carretera de Extremadura, en el cerro de los Corvos. Acababa de perder a un pequeño, y ella se encargaría de lactar al biznieto por poco dinero.

La vieja, antes de marcharse, le habló de Feli. La había visto: estaba muy enferma.

—¡Lo que ha llorado esa chica antes de que nos llevásemos el pequeño! ¡los besos que le ha dado!... Me preguntó por ti... Ve a verla, hombre; la pobre se alegrará, y bien lo necesita.

Maltrana pasó mucho tiempo sin visitar a Feli. Todos los días formábase el propósito de verla a la mañana siguiente. Pasaba la noche de café en café, y la madrugada de taberna en taberna, con los camaradas de vida errante, siempre triste y bebiendo para olvidar.

Por la mañana llegábase hasta San Carlos, a recibir noticias. Le bastaba con saber que Feli seguía bien. Le acometía el miedo a verla en este lugar de dolor y que ella adivinase su embriaguez.

—Un día me acompañarás—decía a Nogueras—; no, ahora no. Me siento sin fuerzas. Además, estoy algo borracho. ¿No me lo conoces?...