—¿Y aquélla?—preguntó.

El doctor mostrose pesimista. «Aquélla» iba muy mal. No la había visto: le faltaba el tiempo; pero el camarada encargado de la clínica tenía pocas esperanzas. Repetíanse con frecuencia los ataques de eclampsia, y en uno de ellos podía morir. Bastaba que la respiración se retardase algunos segundos al quedar su organismo contraído por las convulsiones, para que sobreviniese la asfixia.

—Y tú, ¿por qué no vas a verla?—preguntó el doctor.

—¡Para qué!—exclamó el bohemio—. Sufro mucho; me falta el valor para volver. Me hace daño vería entre aquellas mujeres sucias y enfermas, no poder hablarla con libertad. Me miran todas, como si fuese un animal extraño. La monja me molesta.

Calló un instante, y luego añadió con expresión de vergüenza, empañándose sus ojos de lágrimas:

—No puedo ir con las manos vacías: la pobre desea flores... se las prometí. Hace días que quiero comprarla un ramo grande, muy grande, para cubrir su cama, para que se imagine que todo un jardín corre hacia ella, esparciéndose a sus pies... Pero no tengo dinero... nada, absolutamente nada. No puedo comprar ni un ramito de los que venden en la calle. Apenas como; ando por ahí como un perro sin amo. Si no encontrase algún amigo de los que convidan a beber, ya hubiese muerto.

Al despedirse del doctor dijo flojamente, con la pereza de una voluntad enferma y cobarde:

—Ya iré... iré cuando tenga dinero... cuando pueda llevarla algo. Creo que no morirá en seguida, que aún vivirá algún tiempo. ¿No crees tú lo mismo?

Nogueras levantó los hombros con expresión de duda. Sí; era posible que se salvase: enfermas más graves que ella recobraban la salud. Pero su vida estaba en peligro de extinguirse por asfixia cada vez que sufría un ataque. Nada podía él afirmar.

Transcurrió una semana sin que volviesen a verse. Una mañana se encontraron en la Puerta del Sol. El doctor vio a Maltrana con aspecto más miserable aún: parecía un pordiosero, sucio, roto, entregado a su abandono, sin el auxilio de una mano femenina que le adecentase. Nogueras tenía prisa. Había estado dos días fuera de Madrid por un asunto profesional, y le esperaban en la Facultad.