—Una mala noticia, Isidro. Aquella muchacha ya no vive.

Maltrana abrió los ojos con asombro, como si esta noticia rebasase los límites de lo posible.

—¿Estás seguro? ¿La has visto tú?...

Nogueras hizo un gesto displicente.

—¿Qué tiene de extraordinario su muerte?... Era de esperar. Ha muerto, y todos nosotros moriremos también... Yo no la he visto; tengo otras cosas a que atender. Pero el mismo día que salí de Madrid me lo dijo el compañero. Acababa de morir.

Maltrana quedó inmóvil, con la cabeza baja, anonadado por la noticia. Después fijó en el doctor sus ojos interrogantes.

—¿Y qué han hecho de ella?... ¿Y el cadáver? ¡Dime, por Dios, dónde lo llevaron!...

Sentía un remordimiento inmenso por su egoísmo y su cobardía. Deseaba visitar su tumba, ya que había pasado los días vagando, sin atreverse a verla en el hospital.

El doctor le contestó con una sonrisa que daba frío. Su tumba era la fosa común, adonde iban todos los muertos pobres. La infeliz muchacha no tenía parientes ni quien pagase los gastos de su entierro. Isidro no se había presentado para arreglar las cosas, y era seguro que su cuerpo, antes de ir al cementerio, habría pasado por la sala de disección. ¡Sufrían tal escasez de cadáveres!...

Maltrana no quiso oír más. Volvió la espalda sin despedirse del amigo, como si huyese de su remordimiento y su vergüenza.