Era hermosa y sin piedad. Arrojaba la miseria lejos de ella, negando su existencia. Si alguna vez pensaba en los infelices, era para levantar en sus afueras monasterios, donde las imágenes de palo estaban mejor cuidadas que los hijos de Dios, de carne y hueso; conventos de monstruosa grandeza, cuyas campanas tocaban y tocaban en el vacío, sin que nadie las oyese. Los pobres, los desesperados, no entendían su lenguaje: adivinaban lo falso de su sonido. Tocaban para otros; no eran llamamientos de amor: eran bufidos de vanidad.
Alguna vez la horda dejaría de permanecer inmóvil. Los que entraban en Madrid al amanecer se presentarían a mediodía. Ya no aceptarían los despojos: pedirían su parte; no tenderían la mano: exigirían con altivez.
Y las gentes felices temblarían de pavor ante las caras amenazantes, las vestiduras miserables, las miradas de famélico estrabismo, los anhelos locos y criminales de destrucción. ¿Dónde se habían ocultado hasta entonces aquellos monstruos? ¿De qué antro surgían?... Y bien, gentes dichosas, habéis vivido con ellos sin saberlo. Acampaban junto a vuestros muros, pasaban todos los días ante vuestras puertas a la hora de vuestro sueño. No les habéis visto porque eran débiles, porque se arrastraban humildes. Negabais su existencia porque no proferían amenazas. Ni piedad ni misericordia tuvisteis con ellos cuando aún era tiempo...
Maltrana examinaba mentalmente esta avalancha de miserias, odios y desesperaciones, que podía transformarse en un ejército. ¿Qué le faltaba a la horda? Jefes, pastores audaces que la guiasen a las alturas, conociendo el camino. ¡Ay, si los que nacían en su seno armados con la potencia del pensamiento no desertasen, avergonzados de su origen! ¡Si los siervos de la pobreza, como él, en vez de ofrecerse cobardemente a los poderosos, se quedasen entre los suyos, poniendo a su servicio lo que habían aprendido, esforzándose en regimentar a la horda, dándola una bandera, fundiendo sus bravías independencias en una voluntad común!...
Oyó un vagido a sus espaldas y la voz de la tendera:
—¡Al papá, Isidrito, al papá! ¡Hazle manos: salúdale!
Quedó sobre sus rodillas aquel paquete de grasa infantil, en el que se marcaban apenas los ojos como dos gotitas negras. Olía a leche agria, a orines, a los fuertes sahumerios con que la nodriza pretendía ocultar sus hedores vitales. Maltrana aspiraba con delicia este perfume. Le besó en la boquita desdentada; no se atrevió a limpiarse las babas que le había dejado en el bigote.
¡Ser padre! ¡Contemplar una prolongación de su vida, un desdoble de su personalidad, un testimonio de la propia existencia, que, años después de morir él, afirmaría el paso por el mundo de un hombre llamado Maltrana!... Aquella carnecita blanca y suave como el plumón era suya: había en ella algo de su ser y de aquella otra carne ¡ay! despedazada que había desaparecido para siempre en el misterio de la tierra.
¿Qué le importaba ya la suerte de los infelices, el destino de la horda miserable y los tremendos conflictos que pudieran desarrollarse en lo futuro?...
A vivir: toda su vida la tenía en sus brazos. El calor de este cuerpecillo le infundía una resolución egoísta y brutal. Al coger a su hijo sentíase fuerte. Era como un arma que le daba confianza y valor para seguir su marcha.