Quería que fuese de los felices, de los dichosos, de los fuertes. Ya que el mundo estaba organizado sobre la desigualdad, que figurase su hijo entre los privilegiados, aunque para ello tuviese que aplastar a muchos.
Lo que no habían logrado la miseria y el triste destino de Feli, lo conseguía aquel chiquitín con sólo su contacto. Caía hecha polvo la herrumbre de su voluntad. Era otro hombre: su audacia consideraba con desprecio todos los obstáculos.
Sentíase capaz de robar, de matar, por su hijo. No tenía otra herramienta, otra arma, que su pluma, pero haría de ella un puñal, una palanqueta, algo implacable que sirviese para la muerte y el despojo. Lo que no había osado hacer por el amor, lo haría por su hijo. Se lanzaría en plena lucha, con la insolencia del mercenario. Adiós, ideas, fe, entusiasmos... Ilusiones, todo ilusiones. Despreciaba su cultura, pero pensaba aprovecharla para hacerse pagar mejor. El dinero y el poder tendrían un siervo más.
Su suerte estaba echada. Se revolvería en la abyección, paladearía su envilecimiento, se vendería como esclavo, para que su hijo fuese libre. Su destino era el del asaltante que cae en el foso para que el hermano de armas entre por la brecha. Él desaparecería en el fango, pero el Maltrana que venía detrás pasaría vencedor sobre el puente de sus espaldas.
Y mirándose en aquellos ojitos bobos, sin expresión, que le contemplaban fijamente, Maltrana decía a su hijo con el pensamiento:
-Llegarás, chiquitín. Yo marcharé a gatas delante de ti; abriré con mi lengua un camino en el barro, para que avances sin ensuciarte. No temas que caiga desalentado, que vuelva a sentirme cobarde y te abandone como a la pobre mártir. Este amor que ahora nace es de hierro. Ya soy otro. Soy... tu padre.
FIN
Madrid.—Abril-Junio 1905.