Otras veces lo encontraba sentado en el puesto de un remendón, rozando con la cabeza las viejas caricaturas anticlericales de El Motín pegadas a la pared, mientras hablaba al zapatero de Dios y de los santos, sin intimidarse por los canturreos burlones y el golpear del martillo sobre la suela.
Metíase en las tabernas, sin miedo a las burlas de los alegres compadres, que le invitaban a tomar una copa. Gracias; el no bebía. El vino le dañaba los ojos. Pero a cambio de que le oyesen, acababa por tomar un sorbo, a guisa de mortificación, haciendo los mismos aspavientos que si fuese veneno, y les hablaba de sus devociones simples, de su piedad de hombre sencillo. Maltrana también le había visto irritado, con la cólera del loco pacífico que pierde su tranquilidad. Le saludaban con blasfemias cuidadosamente rebuscadas para provocar su furor. Al principio las acogía cerrando los ojos, bajando la cabeza, como un mártir en las primeras angustias del tormento; pero su paciencia se agotaba al ver que el pecador insulto iba abarcando toda la corte celestial. Resurgía el campesino, el hombre forzudo habituado a la violencia: sus puños se cerraban amenazantes.
—¡Virgen María! ¡Santísimo Señor!—rugía con una entonación semejante a la que usaban los malvados blasfemos cuando ofendían a Dios.
Pero bastaba que los burlones, compadecidos de esta cólera que nublaba la luz de sus ojos, cesaran en tales bromas, para que el exaltado se dulcificase, volviendo a llamar hermanos a todos los que le rodeaban.
Maltrana le veía también en las inmediaciones de los Cuatro Caminos, entablando conversación con los guardas de Consumos, entrándose en los merenderos para hablar de Dios a los que formaban círculo en torno del plato de gallinejas y el frasco de vino o a las parejas que, enlazadas por la cintura, descansaban en un banco, sudorosas y jadeantes por las vueltas que acababan de dar al compás del piano.
—Mis negocios van bien, señor Vicente—dijo Maltrana contestando a su pregunta—. ¿Y usted adónde va? ¿A la propaganda?
El santo varón sonrió, guiñando con inocente malicia sus ojos pitañosos.
—No hay que descansar, señor de Maltrana. Estos días han sido de prueba para la bondad del Señor. ¡Lo que habrán ofendido su santo nombre en las fiestas de máscaras! ¡Los pecados con que habrán puesto a prueba su bondad infinita!... Ahora es el buen momento: el del cansancio y el desengaño.
Y miraba hacia los Cuatro Caminos, como si en las barriadas miserables de los trabajadores se cobijasen gentes crapulosas que hubieran pasado aquellas fiestas en plena bacanal. Isidro le indicó que debía volver al centro de Madrid, si deseaba convertir grandes pecadores: en las afueras sólo encontraría infelices que, no teniendo el pan necesario, mal podían pensar en locuras.
—En todas partes existen pecadores necesitados de consejo—dijo el señor Vicente—. Cada uno escoge su campo según sus fuerzas. Los teólogos, los sacerdotes sabios, los pájaros gordos de la Iglesia, ya se encargan de la gente alta; yo soy un pobre pardillo de Dios que canto como puedo, y voy a los humildes, a los únicos que pueden entenderme. Aun así, ¡si viese usted lo que me cuesta conquistar ciertas almas! Catorce años empleé en traer al buen camino a un zapatero, que es la mejor de mis conversiones. ¡El tiempo y la saliva que me ha hecho perder! Pero digo mal: perder, no... ganar, pues al fin lo he traído al redil del Señor. Era uno de los tremendos; un hombre con pelos en el alma, que se ensuciaba en las cosas del cielo. En Granada fue cantonal cuando la revolución, y echó de su altar a la Santísima Virgen—aquí el señor Vicente se quitó el sombrero e hizo una reverencia—. Pues bien; le tengo hecho un corderito, y hace un mes se inscribió en la Hermandad del Sacramento de su parroquia. Es mi mejor conquista.