—¿Y esos ojos cómo van?—preguntó Isidro.

—¡Cómo quiere usted que vayan! Mal, muy mal. Me sofoco demasiado. Me dan muchos disgustos los pecadores.

Maltrana le aconsejó la calma.

—¿Cree usted que puedo permanecer tranquilo?—gritó el señor Vicente exaltándose—. Mi sangre se requema cuando oigo que en mi presencia cualquier bárbaro insulta a Dios con sucios juramentos. Es lo mismo que si me diesen un balazo en medio del pecho. Prefiero que me maten, sí señor, que me maten, antes que oír tales blasfemias.

Y al decir esto se golpeaba el pecho o abría los brazos como si ofreciese su vida al joven, suplicándole que le matase. Algunos transeúntes acortaban el paso y miraban al viejo, que movía los brazos y las piernas cual si retase a invisibles enemigos.

—Calma, señor Vicente—dijo Maltrana—. Cuídese; guarde la vida para servir a su Dios.

—¡Si todos fuesen como usted, señor de Maltrana!—exclamó el devoto con cierto respeto—. Usted es de los verdes, no crea que no le conozco; usted vive olvidado de Dios y su santa madre; pero tiene educación y no se burla de las cosas santas ni dice blasfemias. Usted es bueno, y llegará el día en que Dios le tocará el corazón. Por eso no le digo nada. ¡Qué he de decirle yo, pobre gorrión del Señor, a usted que lee y sabe tanto!... No puedo hacer otra cosa que rezar por la salud de su alma, y crea que más de una parte de rosario le llevo dedicada. Se olvida usted del Señor porque sus negocios andan mal; pero algún día sentirá los efectos de su misericordia, y se arrepentirá y se acordará de lo que le dice el hermano Vicente.

Maltrana, para amenizar su espera, quería retener a este personaje original, que mostraba deseos de seguir adelante, hacia los Cuatro Caminos.

—Usted fue soldado, ¿verdad?—dijo para prolongar la conversación.

—Sí, señor; fui militar. Otros que son santos lo fueron.