Perdía las noches enteras en la redacción, y rara vez cogía una pluma. Al principio, le habían encargado que redactase sucesos, que inflase telegramas. El director se interesaba por él: deseaba incluirle en la plantilla de la casa y que gozase de un sueldo igual al de un guardia de Consumos. Pero pasó una noche rompiendo cuartillas y dando paseos nerviosos para relatar un incendio, y al fin hubo de transmitir el encargo a un golfillo de la casa que no sabía escribir un renglón con su ortografía. Le dieron telegramas para que los ampliase, y los redactó con menos palabras que el original. Era un espíritu superior, incapaz de tan bajas funciones. Un día en que, por ausencia del director, le encargaron el artículo de fondo, llenó tres columnas de prosa razonadora y fría, resultando de ella, después de examinar y pesar todo lo existente, tan malo y defectuoso el ideal defendido por el periódico como el régimen de los gobernantes actuales.
El tal Homero, según decía el propietario, era un manzanillo del saber. Mataba todo lo que cubría con su sombra. Le dieron libertad para que escribiera a su capricho, y publicó tres artículos sobre Ruskin y la belleza artística, sobre Nietzsche y el imperialismo, y acerca de las armonías y desarmonías entre el socialismo y las doctrinas de Darwin y Hæckel. Meses después aún reían en la redacción de aquellas columnas de prosa espesa y mate que nadie había leído hasta el fin. Don Cristóbal afirmaba con grave sorna que el diario había estado próximo a perecer, y que los lectores amenazaban con una huelga si se publicaba otro artículo de Homero. ¡Ir con tales galimatías al respetable público, que lo que desea es que llamen morral al presidente del Consejo de ministros o que los diputados les mienten la madre a los señores del banco azul!...
Maltrana, declarado inservible, sin esperanzas ya de conquistar los quince duros mensuales que le habían hecho entrever antes de su fracaso, seguía asistiendo puntualmente a la redacción. ¿Adónde ir?... Allí encontraba quien le escuchase, aunque con gestos irónicos; algunas veces hasta alababan su cultura, llegando a confesar que tenía cierto talento, pero que estaba chiflado. Además, él reconocía su gran defecto, el mal de su generación, en la que un estudio desordenado y un exceso de razonamiento había roto el principal resorte de la vida: la falta de voluntad. Era impotente para la acción. Estudiaba ávidamente y no sabía sacar consecuencia alguna de sus estudios. Pasaba las noches hablando; las paradojas surcaban su charla como cohetes de brillantes colores; pero sentíase incapaz de fijar con la pluma ni una pequeña parte de las ideas que se le escapaban en el chorro de la conversación.
Y permanecía inmóvil, atascado en su camino, sabiendo que perdía el tiempo, que equivocaba el curso de su vida, sin ánimo para intentar un esfuerzo, confiando en un extraño fatalismo que había de sacarle del mal paso, seguro de la llegada de un acontecimiento extraordinario que le arrancaría de los relejes en que estaba hundido, sin que tuviera que poner nada de su parte.
Aquella mañana era de las más alegres para el joven. Tenía dinero; la noche anterior había cobrado trece duros de una traducción, sintiendo con cierto deleite el peso del puñado de plata junto a su estómago, que aún conservaba el calor y el bienestar del buen trato reciente. Había cenado en la taberna, asilo de los días felices, los platos más suculentos, dándose, además, el gusto de pagar el matinal chocolate a los compañeros de redacción, asombrados de tanta riqueza.
El buen amigo del fielato, que todas las madrugadas le ofrecía un cigarro y una parte de su café, atrajo igualmente su generosidad. Quería obsequiarle, hacerle partícipe de su opulencia, y casi a la fuerza le llevó al ventorrillo, detrás del fielato. Tomaría una taza de té, una copa, lo que fuese de su gusto: hora era que admitiese algo de él.
Los dos quedaron junto a la puerta de la tabernilla, esperando que les sirviesen, sin querer penetrar en su ambiente pesado y nauseabundo.
A espaldas del fielato, en el abrevadero, una banda de palomas picoteaba la tierra. Eran de la inmediata calle de los Artistas; volaban hasta allí para buscar en el suelo los residuos del pasto de los bueyes. Junto al ventorro alzábanse las tapias blancas del Sanatorio de Perros, el asilo de los canes de los ricos, cuidados en sus enfermedades por un veterinario.
Maltrana vio a un hombre salir de la carretera con dirección al ventorro.
—Es Coleta—dijo el jefe del fielato—. Domingo, el famoso trapero de las Carolinas.