Llevaba a la espalda un saco vacío, pero él caminaba encorvado ya, como si presintiese su peso. Los zapatos, más largos que los pies, doblaban sus puntas hacia arriba; el pantalón de pana ceñíalo a la cintura con una cuerda de esparto; la camisa abierta dejaba al aire una maraña de pelos blancos y la piel apergaminada del cuello con sus tirantes ligamentos. Esta vestimenta sucia y mísera completábala con un chaqué de largos faldones y un sombrero abollado, deforme, rematado en punta como guerrero casco.

Era viejo, con cierta malicia sacerdotal en el rostro afeitado y los ojillos verdosos cobijados bajo unas cejas grises y abultadas. La parte de sus mejillas acariciada por la rasura era lo único limpio de la cara. El resto estaba ennegrecido por la suciedad. Cada arruga era un surco fangoso; el cuero cabelludo mostraba las púas blancas del rapado por entre las escamas de la caspa endurecida.

Coleta saludó al del fielato y fijó después sus ojos en Maltrana.

—¿No eres tú Isidro, el nieto de la Mariposa... uno que es señor en Madriz y escribe en los papeles?...

Sí; él era, y se alegraba de que Coleta le reconociese. ¿Qué deseaba tomar?

Pero antes de que el trapero contestase, Maltrana y su amigo se fijaron en una gran escoriación que enrojecía todo un lado de su cara. La sangre seca manchaba los bordes del desgarrón.

Coleta levantó los hombros con indiferencia. Aquello no era nada: un tropiezo al salir de la taberna del Cubanito, la noche anterior.

—Hemos estao de groma hasta la una de la mañana yo y los muchachos del barrio. ¡La gran tajá!

Antes de pedir algo a la tabernera, que reía sólo con verle, quiso conocer lo que Maltrana había bebido, e hizo un gesto de repugnancia al oír que era una copa de aguardiente de limón.

—¡Aguardiente!... Eso pa los borrachos. Vino: morapio del puro, que alarga la vida; y cuanti más, mejor.