El devoto exaltábase al hablar. Soltaba sus palabras atropelladamente; inclinaba la cabeza, como si el chorro de su verbosidad tirase de ella.
—El liberalismo, señor de Maltrana, y todo eso del progreso y las revoluciones está condensado en pocas palabras; lo que yo digo: «matar, robar y no hacer daño a nadie...» Matan el alma, se la roban a Dios, y después dicen que no hacen ningún daño... ¡La libertad! La gente se va detrás de sus patrañas, porque éstas halagan a la bestia que todos llevamos dentro y que desea campar a su gusto. Pero el hombre es malo y necesita, unas buenas disciplinas. Que dejen al hombre en completa libertad, y veremos barbaridades.
Maltrana, entretenido por esta charla, fingía aprobarlo todo con movimientos de cabeza.
—Usted habrá leído mucho, don Vicente.
—Nada, señor de Maltrana: soy lego. No tengo capacidad para comprender las obras de Teología. Además, estos ojos no están para lecturas... Pero tengo muchos libros, muchísimos: no caben en tres carros. Me gasto en ellos todo mi dinero; me conocen los libreros de lance de todo Madrid, y apenas cae en sus puestos una obra antigua de teología moral, de cánones y de vidas de santos, bien encuadernada en pergamino, la apartan, diciendo: «Para el hermano Vicente.» ¡Lo que me cuestan los libros! Yo podría vivir en una buhardilla o ser huésped de una familia cristiana; pero tengo los libros, que son mi familia, y pago un cuarto de ocho duros para que estén bien alojados. No tengo sillas, no tengo cama, no enciendo luz, duermo en el suelo sobre un jergón; pero las obras están en sus estantes, hermosas y limpias como puedan estar las de un seminario o un obispado. Es mi vicio, es mi debilidad, mi placer pecaminoso. Me parece que forman un jardín, el jardín de la sabiduría eterna. Cada libro es una flor, con su riquísimo perfume de pergamino y de polvo. Yo no he leído mas que un poco a Santa Teresa y otro poco a San Juan de la Cruz. Pero si algún día me honra usted con su visita, verá un ejemplar de la Summa en muchos tomos, ¡en muchos!, y usted, que está más acostumbrado a los estudios, pasará un rato celestial. Yo no puedo; se me embrolla el pensamiento, me da vueltas la cabeza apenas leo cosas profundas. Soy un pobre animalito de Dios, con menos talento que la hermana hormiga que pasa junto a mis pies.
El devoto mirose los zapatos y añadió:
—Me aguardan en Bellasvistas, señor de Maltrana. Llevo tres reales en el bolsillo y unas hojitas para cierta viuda. La pobrecilla está muy mal; tiene un batallón de chiquillos. Ya sabe usted, don Isidro, dónde vivo. A ver si me honra un día con su presencia y visita mi jardín. No tiene mas que preguntar por el señor Vicente, don Vicente o el hermano Vicente, como quiera, pues de todos estos modos me llaman... Deseo que sus negocios marchen bien. Sólo tengo que hacerle una recomendación, porque le quiero. Tenga mucha fe en Nuestro Señor Jesucristo, en su Santa Madre María y en nuestro poderoso patrón San José, y con estas ayudas crea que todo le saldrá bien, y si no es en la tierra, será en el cielo... Buenas tardes, señor de Maltrana.
Dijo esto apresuradamente, como una jaculatoria aprendida, llevándose la mano al sombrero y descubriendo un instante su cráneo rapado, puntiagudo, estrecho, con las orejas salientes. Después se alejó manoteando, como si no pudiera aplacarse fácilmente la exaltación que se despertaba en él al mencionar sus celestiales protectores.
Maltrana siguió con la vista un buen rato al interesante personaje, motivo de regocijo para las criadas de las plazuelas y para los desocupados que se reúnen en tabernas y portales.
«¡Y pensar—se decía Isidro—que si nace dos siglos antes hubiésemos tenido un San Vicente más!...»