El joven olvidó pronto a su original amigo. Comenzaban a salir mujeres de la fábrica de gorras. Maltrana vio a Feli detenerse en el portal y mirarle con el rabillo del ojo, como si estuviera enterada de su presencia por haberle visto desde las ventanas de la fábrica.

La muchacha emprendió su marcha hacia arriba, cuidando de no confundirse con las otras del oficio y de no aguardar a la compañera con la que llegaba todas las mañanas al taller.

Maltrana salió a su encuentro. Bastó un saludo algo tímido para que Feli sonriera, olvidando todos los propósitos de seriedad que se había forjado al verle. Sus mejillas se enrojecieron con el recuerdo de lo ocurrido en la tarde cíe Carnaval.

Isidro comenzó a hablarla con emoción. Desde que la muchacha le había confesado su afecto, no podía contemplarla con la misma frialdad que cuando sólo era la hija de su amigote el Mosco y comía él las famosas cachuelas sin fijarse en sus miradas.

El recuerdo de su buena suerte, del libro encargado por el marqués de Jiménez, que le parecía el primer anuncio de la riqueza, le devolvió su aplomo de hombre superior.

—Feli, te esperaba porque necesito hablarte, porque deseo que charlemos sin prisa. Tengo que decirte cosas importantes.

Los dos atravesaron la calle, saliéronse de ella, y sin darse cuenta de lo que hacían, se internaron en los campos, siguiendo la linde del tercer depósito, hacia el cementerio de San Martín, que alzaba en el fondo su masa de cipreses.

La muchacha intentó detenerse. ¿Adónde iban por allí? Pero Isidro la empujó con dulzura.

—Echa para adelante; vienes conmigo, que te respeto y soy un caballero. No vamos a pasearnos por una calle donde tantos nos conocen: nos sería imposible hablar.

Siguieron un camino entre los sembrados, ennegrecido por la carbonilla de una fábrica cercana.