Esta sorpresa les sacó de su dulce somnolencia. Maltrana, en quien las impresiones eran menos duraderas, volvió, como él decía, a la realidad.
Aquella noticia importantísima que deseaba comunicar a Feli era, sencillamente, el nuevo trabajo que iba a acometer, el dinero que llegaba inesperadamente, enloqueciéndole de alegría, cual si le asegurase el bienestar por todo el resto de la existencia.
—Tú me traes la buena suerte, Feli. Voy a ser rico; es decir, vamos a serlo los dos.
Y como la muchacha quisiera saber en qué consistía tanta riqueza, Isidro tuvo que explicarse con cierta vacilación.
—Ricos en seguida, lo que se llama ricos, no lo seremos. No van a darme mas que tres mil realazos. Pero algo es algo, y tras ellos otros vendrán. Lo que importa es encontrar el camino, y en él estoy ya... ¿Sabes por qué era ciego, Feli, por qué no me fijaba en tu regraciosísima personilla? Porque hasta hoy he sido un mendigo, sin casa, sin una peseta, durmiendo poco menos que de limosna. ¿Cómo iba a pensar en una mujer, a proponerla que partiese la miseria conmigo?...
Maltrana quiso hablar de la indigencia en que, había estado hasta entonces, pero la muchacha lo atajó. Que era pobre, ¿y qué? Ya lo sabía ella. Muchas veces se había fijado en la voracidad con que comía en casa de su padre, reveladora de dolorosas escaseces. Pero era bueno, era sabio, y para ella el hombre más guapo del mundo.
—¡Guasona!—exclamó Isidro, volviendo a meter el brazo por debajo del mantón—. ¿Es que quieres burlarte de mí?
—Lo digo como lo siento—continuó la muchacha con sencillez—; el más guapo de Madrid. Pero no se enorgullezca usted por esto, señorito.
Ella se había enamorado sin saber cómo. Su padre la hablaba con admiración de los grandes hombres desconocidos a los que había tratado en sus tiempos de impresor. Al presentarse Maltrana, ella pensó que era uno de aquellos seres que, vistos desde la casucha del dañador, aparecían como semidioses.
La Mariposa hablaba de su nieto a todo el barrio, augurando que algún día le verían entre los mandones; el Mosco reconocía en Isidro un talento que se aproximaba al de sus grandes ídolos; el señor Manolo el Federal lamentábase, a sus espaldas, de que un muchacho de tanto mérito no se inscribiese en el censo del partido. Y Feli, incitada por estos elogios, mirábale con creciente admiración, escuchando horas enteras de sus labios cosas que no entendía, pero que sonaban en su oído como música celeste.