De vez en cuando, en la muralla de palabras incomprensibles se abría un desgarrón, una gran ventana, por la que contemplaba la muchacha un cielo nuevo, otro sol, un mundo sobrenatural que sólo habitaban los seres como Isidro. Cuando éste recitaba versos al final de sus meriendas con el Mosco, cuando hablaba de aquellos grandes escritores que vivían en el extranjero con honores de príncipe, a la pobre Feli le temblaba el corazón, sentía que sus piernas se doblaban, le faltaba poco para llorar, como si estuviese en presencia de una religión nueva.
Comenzó a pasar las noches en continuo ensueño, viéndole a él, siempre a él, hermoso como un ángel, asombrando a los hombres con su grandeza; siendo lo más extraño que al día siguiente, contemplándolo en su realidad, lo encontraba no como era, sino embellecido con los mismos atractivos de la nocturna visión.
—¡También tú!—exclamó Maltrana—. ¡También tú sueñas!...
Feli habló luego con tristeza de las dudas que le habían atormentado. Isidro estaba demasiado alto para que descendiese hasta ella, pobre muchacha hija de un dañador que vivía entre la gente miserable de la busca. Cada vez que llegaba con palidez de hambriento, buscando los almuerzos y las meriendas del Mosco, experimentaba ella una alegría. Aplicábase al cocineo, poniendo todos sus sentidos en el guiso de los gazapos. Bendecía estas privaciones de la existencia bohemia, como algo providencial que aproximaba al hombre amado, dándola nuevas esperanzas. Pero luego transcurrían largas temporadas sin que le viese. Estaba en Madrid... ¡en Madrid! Y la muchacha repetía la palabra con cierta cólera, como si evocase un mundo desconocido lleno de tentaciones. Isidro debía tener allá mujeres muy hermosas; seguramente que era amigo de las actrices, como todos los que escriben en los papeles. ¡Las noches que había pasado gimiendo de desesperación, creyendo perdidas sus ilusiones!...
La inocente Feli decía esto trémula aún de miedo, como si no tuviese la seguridad de poseer a Isidro, como si temiera que se lo arrebatasen aquellas tentaciones que abultaba con fantástico relieve. Maltrana rió de la simpleza de la muchacha. ¡Alma cándida y trémula!... ¡Si conociese la realidad de su vida!... ¡Suponerle de jolgorio entre actrices y grandes cocotas, a las mismas horas en que, desfallecido de hambre, pensaba en la cazuela bienhechora de la redacción! ¡Creerle favorecido por las mujeres, perseguido por ellas, cuando hasta los hombres se burlaban de la ruindad física del pobre Homero y le herían con sus bromas!...
Las palabras de la joven resultaban, sin saberlo ella, de una ironía cruel. Maltrana siguió riendo de la inocencia de Feli cuando ésta le dijo con un gestecillo hosco:
—Se acabaron las calaveradas, ¿eh? Sólo me querrás a mi: no harás caso de las señoronas. Porque advierto a usted, señorito, que yo soy muy celosa, y si me haces alguna de las tuyas, grandísimo pillo, me la pagarás... ¡vaya si me la pagarás!
Habían entrado en el camino viejo que conduce de Madrid a la Patriarcal de San Martín. Por este camino bajaban, al caer la tarde, las mendigas de las afueras para recoger la sopa en el Asilo de San Bernardino.
Los dos jóvenes llegaron al parterre que se extiende ante la Patriarcal. Sus pasos, haciendo crujir la arena, sonaban agigantados por el silencio. De vez en cuando oíase el chillido de un pájaro y el follaje se estremecía con invisibles aleteos.
Feli, que siempre había visto de lejos este cementerio, sintió gran inquietud al encontrarse cerca de él. Por entre el ramaje y el hierro de las verjas veíase la blancura del mármol de los panteones. El brazo de la muchacha se estremeció de inquietud, apretando el de su novio.