—Tómela usted, señora... Yo se la regalo.
Y pagó, mientras la pobre mujer le daba las gracias, y la niña, con el mutilado monigote sobre el pecho, repetía a instancias de la madre:
—Gracias, señora... muchas gracias.
Isidro, mientras tanto, examinaba las caras de los vendedores. Buscaba a uno de sus tíos, apodado el Ingeniero, el cual, según noticias, aunque retirado de los negocios, colocaba allí su tenderete todos los domingos.
En el otro extremo de la plaza sonaba como un quejido la música de un órgano. Las melodías gangosas llegaban a jirones hasta Maltrana cuando se hacía un corto silencio en el vocear de los vendedores.
Cogiendo del brazo a Feli, fue el joven hacia donde sonaba el lamento del órgano.
La música no le había engañado: el que la hacía era su tío el Ingeniero, llamado así por la rara habilidad que demostraba en el arreglo de los instrumentos de música y juguetes mecánicos. Vestía un gabán de color de castaña con grandes botones, y bajo la visera de su gorra destacábanse las dos manchas negras de los anteojos con bordes de paño que abrigaban su vista enferma.
Estaba sentado en un sillón de madera blanca y dorada, con las graciosas curvas del siglo XVIII; la seda antigua enseñaba, entre desgarrones y deshilachados, el lejano recuerdo de una escena pastoril.
A su lado, una mujerona chata, de desbordantes grasas, sentada en un taburete, se cubría de, los rayos del sol con una sombrilla roja, de encajes, cuya riqueza contrastaba con la mugre de sus ropas.
Isidro no la prestó atención. Conocía las debilidades del Ingeniero. Aquélla sería la favorita del momento. Su tío, desde que había quedado viudo, gozaba de una fama vergonzosa en todo el barrio, desde la Ribera de Curtidores al paseo de las Acacias. No había vendedora de mollejas, tripicallera o chamarilera del Rastro a la que no cortejase, valiéndose del prestigio que lo daban sus habilidades y los cuantiosos ahorros que todos le suponían. Las odaliscas turnaban en su favor con alternativas de escándalos y riñas, sin que el ilustre Ingeniero se decidiese formalmente por ninguna.