Sentado en el hermoso sillón, daba vueltas al manubrio, deleitándole los chillones sonidos, que acompañaba con movimientos de cabeza. A sus pies vio Maltrana una numerosa colección de cartillas para ciegos. ¡Quién podría ir al Rastro en busca de tales cosas!...

El Ingeniero, percibiendo al través de las negras antiparras una pareja detenida ante su «establecimiento», husmeó al comprador.

—Un órgano magnífico, caballero; fabricación alemana, y se da regalado. Usted es persona de gusto. Voy a cambiar el papel y oirá cosa buena: la marcha de El Profeta.

Isidro le contestó con una carcajada, al mismo tiempo que la grasienta odalisca tirábale de la manga para advertirle su equivocación.

—¡Pero tío, si soy yo!—dijo Maltrana.

—¿Y quién eres tú?...

—Isidro, el hijo de su hermana. Me he casado, vengo con mi mujer a comprar unas cosillas, y he querido verle para que me aconseje.

El Ingeniero, al oír que era una mujer la que acompañaba a su sobrino, abandonó bruscamente el manubrio, y pisando las cartillas, aproximó a Feli sus antiparras, contemplándola largo rato.

—Muy bien, sobrino, muy bien; mi enhorabuena—dijo con sonrisa de inteligente en el género—. Tanto gusto en conocerla, joven, y que siga usted muchos años tan antipática y tan feota... La pobrecita está ciega. Caballeros, ¡y qué par de ojos se trae la socia!

Luego continuó, dirigiéndose a su enorme compañera, con el mismo acento que si hablase a un perro: