Después de almorzar dió orden al criado para que descolgase el cuadro, trasladándolo á uno de los salones. El servidor hizo un gesto de extrañeza.

—¡Hay tantos retratos de la señora!... ¡El señor la ha pintado tantas veces! La casa está llena...

Renovales remedó el gesto del criado. ¡Tantos! ¡tantos! ¡Si sabría él cuántas veces la había pintado!... Con súbita curiosidad, antes de dirigirse al estudio, entró en un salón donde Josefina recibía sus visitas. Allí, en el sitio de honor, conocía él un gran retrato de su esposa, pintado en Roma: una linda mujer con mantilla de blonda, falda negra de triple volante y en la breve mano el abanico de concha: un verdadero Goya. Contempló un instante la graciosa cara, sombreada por el negro de las blondas, y cuya palidez aristocrática rasgaban unos ojos de expresión oriental. ¡Qué hermosa era Josefina en aquellos tiempos!...

Abrió la ventana para ver mejor el retrato, y la luz se esparció por las paredes de un rojo obscuro, haciendo brillar los marcos de otros cuadros más pequeños.

Entonces vió el pintor que el retrato goyesco no era el único. Otras Josefinas le acompañaban en esta soledad. Contempló con asombro la cara de su esposa, que parecía surgir de todos los lados del salón. Pequeños estudios de mujeres del pueblo ó de señoras del siglo XVIII; acuarelas de moras; damas griegas, con la rígida severidad de las figuras arcaicas de Alma-Tadema; todo lo que estaba en el salón, todo lo que había pintado, era Josefina, tenía su rostro ó conservaba sus rasgos, con la vaguedad de un recuerdo.

Pasó á otro salón que estaba enfrente y también allí le salió al encuentro la cara de su mujer, pintada por él, entre otros cuadros de amigos suyos.

¿Pero cuándo había hecho él todo aquello?... No se acordaba; sentía estrañeza ante la enorme cantidad de trabajo realizada inconscientemente. Creía haber pasado la existencia entera pintando á Josefina...

Después, en los pasillos de la casa, en todos los cuartos adornados con pinturas, le salió al encuentro su mujer, bajo los aspectos más diversos, ceñuda ó sonriente, hermosa ó con la expresión triste de la enfermedad. Eran bocetos, simples dibujos al carbón, esbozos de su cabeza en el ángulo de un lienzo sin acabar; pero siempre aquella mirada que parecía seguirle, unas veces con melancólica dulzura, otras con intensa expresión de reproche. ¿Dónde tenía los ojos? Había vivido en medio de todo esto sin verlo; había pasado diariamente frente á Josefina sin fijarse en ella. Su mujer resucitaba; en adelante sentaríase á la mesa, entraría en su lecho, pasearía por su casa, siempre bajo la mirada de unas pupilas que en otros tiempos le escudriñaban hasta el alma.

La muerta no había muerto; rodeábale, resucitada por su mano. No podía dar un paso sin que su rostro surgiese de todos lados: le saludaba en lo alto de las puertas, parecía llamarle desde el fondo de las habitaciones.

En sus tres estudios aun fué mayor la sorpresa. Toda su pintura íntima, la que hacía por estudiar, por impulso irresistible, sin ningún deseo de venta, almacenábase allí, y toda ella era un recuerdo de la muerta. Los cuadros que deslumbraban á los visitantes, estaban abajo, al nivel de la vista, en caballetes, ó colgados de la pared, entre los muebles suntuosos: arriba, hasta llegar al techo, alineábanse los estudios, los recuerdos, los lienzos sin marco, como obras viejas y abandonadas, y en esta amalgama de producción, Renovales, á la primera ojeada, vió surgir el enigmático rostro.