Soplaba un viento de la sierra en la meseta vecina al Hipódromo. Renovales, al marchar contra el viento, sentía en sus orejas un zumbido de mar lejano. En el fondo, sobre las lomas con casitas rojas y álamos invernales, escuetos como escobas, marcaba el Guadarrama su limpieza luminosa sobre el espacio azul, su nevada crestería, sus enormes cimas que parecían de sal. Al lado opuesto, aparecía hundido en una grieta profunda del terreno el caparazón de Madrid; los tejados negros, las torrecillas puntiagudas, todo esfumado en una neblina que daba á los edificios de último término el vago azul de las montañas.

La meseta, cubierta de un verde ralo y miserable, con surcos duros y petrificados, brillaba á trechos bajo la luz del sol. Los trozos de azulejo, las vasijas rotas, los botes de conservas, lanzaban rayos de luz, lo mismo que si fuesen materias preciosas, entre rosarios de negros huevecillos, caídos de los rebaños, como rastro de su paso.

Renovales contempló largo rato el palacio de la Exposición por su parte de atrás; los muros amarillos, con adornos de ladrillos rojos, que apenas si asomaban sobre el borde de los desmontes; las techumbres planas de zinc, con un brillo de lagos muertos; la cúpula central, enorme, hinchada, cortando el cielo con su panza negra, como un aerostato próximo á elevarse. De una ala del gran palacio partían los sones de varios clarines, prolongando sus notas en esa bélica melopea que acompaña el trote de los caballos, entre temblores del suelo y nubes de polvo. Junto á una puerta temblaba el rayo de los sables, y se reflejaba el sol sobre charolados tricornios.

El pintor sonreía. Habían levantado para ellos aquel palacio, y lo ocupaba la Guardia civil. Una vez cada dos años entraba allí el Arte, disputando el sitio á los caballos guardadores del orden. Las estatuas se aposentaban en piezas que olían á cebada y á recios zapatos. Pero esta anomalía duraba poco; el intruso era expulsado así que realizaba su simulacro de una cultura europea, y quedaba en el palacio de la Exposición lo verdadero, lo nacional; el tercio privilegiado, los rocines de la santa autoridad que bajaban al galope á las calles de Madrid, cuando se turbaba, de tarde en tarde, su santa paz de cloaca.

Mirando después el maestro la negra cúpula, recordaba los días de exposición; veía la juventud melenuda é inquieta, unas veces dulce y aduladora, otras irritada é iconoclasta, venida de todas las ciudades de España, con el cuadro por delante y las mayores ambiciones en el pensamiento. Sonreía pensando en los grandes disgustos y sinsabores que había sufrido bajo aquellos techos, cuando la revoltosa plebe del arte le rodeaba, le acosaba admirándole, más que por sus obras, por su condición de jurado influyente. Él era quien daba los premios, en opinión de aquella juventud que le seguía con ojos de miedo y de esperanza. La tarde del fallo corrían los grupos á la noticia de la llegada de Renovales: salían á su encuentro en las galerías; le saludaban con exageradas muestras de respeto, poniendo los ojos tiernos para recomendarse mudamente. Algunos marchaban delante de él fingiendo no verle, hablando á gritos: «¡Quién! ¿Renovales? El primer pintor del mundo. Después de Velázquez, él...» Y á la caída de la tarde, cuando se colocaban en las columnas de la rotonda los dos papelotes, con la lista de los premiados, el maestro se escurría prudentemente, huyendo de la explosión final. El alma infantil que todo artista lleva dentro, estallaba ingenuamente ante el fallo. Se acababan los fingimientos; mostrábase cada cual según su carácter. Unos se ocultaban entre dos estatuas, encogidos, avergonzados, con los puños en los ojos, y lloraban pensando en la vuelta al lejano hogar, en la larga miseria sufrida, sin otra esperanza que aquella que acababa de desvanecerse. Otros se erguían como gallos, rojas las orejas, pálidos los labios, mirando con ojos llameantes hacia la entrada del palacio, como si quisieran ver desde allí cierto hotel pretencioso, de fachada griega y rótulo de oro. «Granuja... Era una vergüenza que la suerte de la juventud, que lleva algo dentro, se confiase á un tío agotado, á un farsante que no dejaría nada». ¡Ay! De estos momentos habían nacido todas las contrariedades, todas las molestias de la vida artística del maestro. Cada vez que llegaba á su conocimiento una censura injusta, una negativa brutal de sus facultades, una carga al degüello y sin piedad á lo largo de las columnas de algún periódico obscuro, acordábase de la rotonda de la Exposición, de aquel bramar tempestuoso del populacho pictórico, en torno de los dos papeles que contenían sus sentencias. Pensaba con extrañeza y conmiseración en la ceguera de aquellos jóvenes que maldecían de la vida por un fracaso, y eran capaces de dar su salud, su alegría vigorosa, á cambio de la triste gloria de un cuadro, menos duradera aun que el frágil lienzo. Cada medalla era un grado en el escalafón: medían la importancia de las recompensas, dándolas un significado semejante al de los galones militares... ¡Y él también había sido joven! ¡También había amargado los mejores años de su vida, en estos combates de infusorios que se pelean dentro de una gota de agua, creyendo conquistar un mundo inmenso!... ¡Qué le importarían á la eterna belleza las ambiciones de regimiento, las fiebres de escalafón de los que intentaban ser sus intérpretes!

Regresó el maestro á su casa. El paseo le había hecho olvidar sus inquietudes de la noche. Su cuerpo, debilitado por la vida muelle, parecía agradecer este ejercicio con una violenta reacción. Sentía en sus piernas un dulce hormigueo: la sangre zumbaba en sus sienes; parecía derramarse por todo su cuerpo una oleada de calor. Estaba satisfecho de su fuerza vital, y paladeaba el goce de todo organismo que se siente funcionar con armónica regularidad.

Al atravesar su jardín, cantaba Renovales entre dientes. Sonrió á la portera que le había abierto la verja y al perrillo feo y vigilante que avanzaba con mujido cariñoso hasta lamer sus pantalones. Abrió la cancela de cristales, pasando del ruido exterior á un silencio profundo, conventual. Sus pies se hundieron en las mullidas alfombras: no sonaban otros ruidos que los misteriosos estremecimientos de los cuadros que cubrían las paredes hasta el techo, el crujir de invisibles carcomas en los marcos, el leve aleteo de un soplo de aire en las telas. Todo cuanto había pintado el maestro, por estudio y por capricho, completo ó sin terminar, estaba colocado en el piso bajo, junto con cuadros ó dibujos de ciertos compañeros ilustres y de los discípulos predilectos. Milita habíase entretenido mucho tiempo, cuando soltera, en este decorado, que se extendía hasta los pasillos de escasa luz.

Al dejar en el perchero su fieltro y su bastón, los ojos del maestro fijáronse en una acuarela cercana, como si ésta le atrajese, con cierta extrañeza, entre los demás cuadros que la rodeaban. Le pareció raro fijarse en ella de repente, después de pasar tantas veces sin verla. No estaba mal, pero tenía timidez, revelaba inexperiencia. ¿De quién sería aquello? Tal vez de Soldevillita. Pero al aproximarse para verla mejor, sonrió... ¡Si era suya! ¡Ya había llovido desde entonces!... Se esforzó por recordar cuándo y dónde había pintado aquello. Para ayudar á su memoria, miraba fijamente esta cabeza de mujer, graciosa, de ojos vagos y soñadores, preguntándose quién pudo ser la modelo.

De pronto se entenebreció su gesto. El artista parecía confuso, avergonzado. ¡Qué disparate! ¡Si era su mujer, la Josefina de los primeros tiempos, cuando él la contemplaba con admiración, gozando en reproducir su rostro!

Echó sobre Milita la culpa de su torpeza y se propuso ordenar que quitasen de allí este estudio. Un retrato de su mujer no debía estar en la antesala, junto al perchero.