La solemnidad académica fué casi un fracaso para Renovales. La condesa le encontró muy interesante, en su palidez de emoción, constelado el pecho de astros de pedrería, cortada la blanca pechera por varias líneas de colorines. Pero apenas se levantó en medio de la general curiosidad, con el cuaderno en la mano, y comenzó á leer los primeros párrafos, se fué agrandando un murmullo, que acabó casi por sofocar su voz. Leía sordamente, con la precipitación de un escolar que desea acabar pronto, sin darse cuenta de lo que decía, en un rezo monótono y fatigante. ¡Adiós los sonoros ensayos en el estudio, la preparación minuciosa de ademanes teatrales! Su pensamiento parecía estar en otra parte, lejos, muy lejos de esta solemnidad; sus ojos sólo veían las letras. La elegante concurrencia salió satisfecha de haberse reunido, viéndose una vez más. Del discurso reían muchas bocas tras los abanicos de gasa, con la satisfacción de arañar indirectamente á su buena amiga la de Alberca.

—¡Un horror, hija mía! ¡Una lata insufrible!

II

Apenas despertó al día siguiente, el maestro Renovales sintió un deseo imperioso de aire libre, de luz, de espacios ilimitados, y salió del hotel, no parando en su paseo, Castellana arriba, hasta llegar á los desmontes vecinos al palacio de la Exposición.

La noche anterior había comido en casa de la de Alberca; un banquete casi de ceremonia, en celebración de su ingreso académico, con asistencia de muchos de los graves señores que formaban la tertulia de la condesa. Ésta se había mostrado radiante de alegría, como si festejase un triunfo suyo. El conde trataba con mayores respetos al ilustre maestro, cual si acabase de dar el paso más grande en su fama artística. Su respeto por todas las glorias decorativas le bacía admirar aquella medalla de académico, única distinción que él no podía unir á su carga de condecoraciones.

Renovales pasó una mala noche. El Champagne de la condesa fué triste para él. Había vuelto á su casa con cierto temor, como si en ella le esperase algo anormal que su inquietud no podía definir. Se despojó del traje de ceremonia que le había atormentado varias horas, y se metió en la cama, extrañándose del vago temor que le acompañó hasta los umbrales de su casa. Nada veía de extraordinario en torno de él; su cuarto ofrecía el mismo aspecto de todas las noches. Se durmió, vencido por el cansancio, por la torpeza digestiva de aquel banquete extraordinario, y no despertó en toda la noche; pero su sueño fué cruel, interminable, cortado por visiones que tal vez le habían hecho gemir.

Al despertarle, bien entrada la mañana, los pasos de su criado que andaba por el vecino cuarto de aseo, adivinó en el revoltijo de sus ropas, en el sudor frío de su frente, en el cansancio de su cuerpo, la noche inquieta que había pasado, entre nerviosos sobresaltos.

Su cerebro, entorpecido aún por el sueño, no podía desembrollar los recuerdos de la noche. Sólo tenía la certeza de que había soñado cosas tristes, penosas: tal vez había llorado. Lo único que recordaba era un rostro pálido, asomando entre los negros velos de lo inconsciente, como una imagen, alrededor de la cual giraban todos sus ensueños. No era Josefina; su cara tenía una expresión de criatura de otro mundo.

Pero así como se fué disipando su torpeza intelectual, mientras se lavaba el pintor y se vestía, y el criado le ayudaba á meterse en el gabán, pensó, al reunir sus recuerdos con un esfuerzo, que bien pudiera ser ella... Sí; ella era. Ahora recordaba que había percibido en su ensueño aquel perfume que le seguía desde el día anterior, que le acompañó á la Academia, perturbando su lectura, y que había ido con él al banquete, corriendo entre sus ojos y los de Concha una bruma, al través de la cual la miraba sin verla.

El fresco de la mañana despejó su inteligencia. La vista del dilatado espacio que se abarca desde las alturas de la Exposición, pareció borrar momentáneamente sus recuerdos de la noche.