También allí la cerrada madera pareció esparcir, al abrirse, un perfume semejante al de la otra pieza. Era más tenue, más vagoroso, más lejano.
Renovales creyó que era una ilusión de sus sentidos. Pero no; de las profundidades del armario se desprendía como un humillo invisible, envolviéndole en su espiral acariciadora. Allí no había ropas. Sus ojos reconocieron inmediatamente en el fondo de una tabla los estuches que tanto buscaba; pero no tendió hacia ellos las manos; permaneció inmóvil, abstraído en la contemplación de mil objetos menudos que le recordaban á Josefina.
Ella también estaba allí; salía á su encuentro más personal, más viva, que entre la balumba de sus viejas ropas. Sus guantes parecían conservar el calor y el relieve de aquellas manos que en otros tiempos se habían hundido acariciadoras en la cabellera del artista; sus cuellos le recordaban aquella columnilla de tibio marfil, en la cual tenia él lugares preferidos, sensibles rincones donde depositaba sus besos.
Sus manos lo removieron todo con dolorosa curiosidad. Un abanico viejo, guardado cuidadosamente, pareció emocionarle, á pesar de su pobre aspecto. Entre las roturas de sus pliegues marcábanse viejos colores; una cabeza pintada por él, cuando su mujer no era más que una amiga; un obsequio á la señorita de Torrealta, que deseaba tener algo del joven artista. En el fondo de un estuche brillaron con fulgor misterioso dos enormes perlas rodeadas de brillantes. Un regalo de Milán; la primera joya de verdadero valor que había comprado á su mujer, al pasar por la plaza del Duomo; toda una remesa de dinero de su empresario de Roma, invertida en este rico juguete que hacía ruborizar de placer á la mujercita, mientras sus ojos se fijaban en él con intenso agradecimiento.
Sus dedos ávidos, revolviendo estuches, cintas, pañuelos y guantes, tropezaban con recuerdos á los que iba unida siempre su persona. Aquella infeliz había vivido para él, sólo para él, como si su existencia no fuese nada, como si únicamente tuviese significación unida á la suya. Encontraba guardadas con religioso cuidado, entre cintas y cartones, fotografías de los lugares en que había transcurrido su juventud; los monumentos de Roma, las montañas de la antigua tierra pontificia, los canales venecianos; vestigios del pasado que eran sin duda de gran valor para ella, porque evocaban la imagen del marido. Y entre estos papeles vió flores secas, aplastadas y frágiles; rosas soberbias ó modestas florecillas del campo; áridos hierbajos, recuerdos anónimos, faltos de significación, pero cuya importancia presentía Renovales, sospechando que recordaban algún momento feliz, completamente olvidado por él.
Los retratos del artista, en las diversas edades de su vida, surgían de todos los rincones, enredados en cintas, sepultados bajo las pilas de finos pañuelos. Luego aparecieron varios paquetes de cartas, con la tinta enrojecida por el tiempo, escritas en una letra que produjo cierta inquietud al artista. La conocía; se asociaba vagamente á sus recuerdos, como la cara de una persona cuyo nombre se resiste á la memoria. ¡Ah, imbécil!... Era su letra, la letra torpe y pesada de su juventud, que sólo tenia ligereza para el pincel. Allí estaba, en pliegos amarillentos, toda la novela de su vida, sus esfuerzos intelectuales por decir «cosas bonitas», lo mismo que los hombres que escriben. Nada faltaba: las cartas de los primeros tiempos de noviazgo, cuando después de verse y hablarse, aun sentían la necesidad de poner sobre el papel lo que no osaban decirse los labios: otras con sello italiano, exuberantes de fanfarrones juramentos de amor, ligeros billetes que la enviaba cuando iba con otros artistas á pasar unos días en Napóles ó á visitar alguna ciudad muerta de las Marcas Pontificias. Luego las cartas de París llegadas al viejo palacio veneciano, preguntando con inquietud por la pequeña, queriendo saber el curso de la lactancia, estremeciéndose de pavor ante la posibilidad de las inevitables enfermedades de la niñez.
No faltaba ni una; todas estaban allí, guardadas como fetiches, perfumadas de amor, aprisionadas en cintas, como bálsamos y vendajes de una vida momificada. Las de ella habían tenido distinta suerte: su amor escrito se había dispersado, perdiéndose en la nada: habían quedado olvidadas en trajes viejos, se habían consumido en el fuego de chimeneas de hotel, habían caído tal vez en manos extrañas, provocando crueles risas con su tierna ingenuidad. El no guardaba más que unas cartas, las de la otra; y al pensar en esto, sintió el remordimiento, la inmensa vergüenza de una mala acción.
Leía las primeras líneas de algunos de estos pliegos, con cierta extrañeza, como si fuesen de otro, admirando ingenuamente su acento apasionado. ¡Y aquello lo había escrito él!... ¡Cómo amaba entonces á su Josefina!... Parecíale imposible que este cariño hubiese terminado tan fríamente. Se extrañaba de la indiferencia de los últimos años; no recordaba ya los disgustos que habían agitado su vida común; veía ahora á su mujer tal como fué en su juventud, con rostro sereno, grave sonrisa, y la admiración en la mirada.
Siguió leyendo, pasando de una carta á otra con la vehemencia de una lectura interesante. Admiraba su propia juventud, virtuosa en medio de los arrebatos de pasión carnal; la castidad de su adhesión á la mujer, á la única, á la indiscutible. Sentía ese gozo, impregnado de melancolía, de la vejez decrépita que contempla su retrato primaveral. ¡Y él había sido así! Del fondo de su alma parecía surgir una voz grave, con tono de reproche: «Sí, así; cuando eras bueno; cuando eras honrado.»
Se sumió en esta lectura sin darse cuenta del curso del tiempo. De pronto sintió pasos en el cercano corredor, ruido de faldas, la voz de su hija. Fuera del hotel bramaba una bocina; su arrogante yerno que le avisaba para que se apresurase. Trémulo de miedo por ser sorprendido, sacó de los estuches las placas y las bandas y cerró precipitadamente el armario.