También le hablaba del pasado, evocando las muertas alegrías, aquel perfume juvenil, envejecido en su encierro, que salía á oleadas de los armarios, con la impetuosidad de un vino venerable escapando á borbotones de la botella empolvada. Sus sentidos se estremecían; una embriaguez sutil penetraba en su olfato. Creía haber caído en un lago de perfumes que le abofeteaba con sus ondas, jugueteando con él, como si fuese un cuerpo inerte. Era el olor de la juventud que volvía; el incienso de los tiempos felices, más débil, más sutil, con la nostalgia de los años muertos. Era el perfume de las magnolias carnales: de la sedosa y leve vegetación puesta al descubierto por los brazos cruzados bajo la cabeza; de aquel vientre recogido y blanco, con esplendor nacarado de luna, que una noche, en Roma, le había hecho suspirar con admiración:
—Te adoro, Josefina. Eres hermosa como la majita de Goya... Eres la maja desnuda.
Conteniendo su respiración como un nadador, buceaba en la profundidad de los armarios, tendiendo sus manos ávidas, con el deseo de salir de allí, de volver cuanto antes á la superficie, al aire puro. Tropezaba con cajas de cartón, paquetes de cintas y viejos encajes, sin encontrar lo que buscaba; y cada vez que sus brazos trémulos agitaban las viejas ropas, el oleaje de las faldas parecía, abofetearle con una bocanada de este perfume muerto, indefinible, que aspiraba más con su imaginación que con su olfato.
Quiso salir de allí cuanto antes. Las condecoraciones no estaban en el vestuario; tal vez las encontrase en el dormitorio. Y por primera vez, luego de muerta su esposa, se atrevió á rodar la llave de la puerta. El perfume del pasado parecía ir con él; se filtraba por todos los poros de su cuerpo. Creía sentir el apretón de unos brazos lejanos é inmensos que venían del infinito. Ya no tenia miedo á penetrar en el dormitorio.
Entró á tientas, buscando una de las ventanas. Cuando crujieron las maderas y penetró de golpe la luz del sol, los ojos del pintor, después de violento parpadeo, vieron como una sonrisa suave y discreta, el brillo de los muebles venecianos.
¡Hermoso dormitorio de artista! Después de un año de ausencia, el pintor admiraba el gran armario, con sus tres lunas azules y profundas, como sólo saben fabricarlas los espejeros de Murano, y el ébano de los muebles, con menudas incrustaciones de nácar y luminosas piedrecitas; una muestra del genio artístico de la antigua Venecia en contacto con los pueblos de Oriente. Este mueblaje había sido para Renovales una de las grandes empresas de su juventud; un capricho de enamorado, ansioso de tributar honores principescos á su compañera, que le había impuesto penosas economías durante varios años.
El lujoso dormitorio les había seguido á todas partes, sin abandonarlos, ni aun en la época de miseria. En los días malos, cuando él pintaba en su buhardillón y Josefina cocinaba, faltábanles sillas, comían en el mismo plato, Milita jugaba con muñecas de andrajos; pero en la mísera alcoba, pintada de cal, amontonábanse intactos, con respeto sagrado, aquellos muebles de Dogaresa rubia, como una esperanza en el porvenir, como una promesa de tiempos mejores. Ella, la infeliz, con su fe de mujer sencilla, los limpiaba, los adoraba, esperando la hora de las mágicas transformaciones, para trasladarlos á un palacio.
El pintor paseó su mirada por el dormitorio con cierta tranquilidad. No encontró en él nada extraordinario; nada que le conmoviese. El prudente Cotoner había ocultado el sillón donde murió Josefina.
La cama señorial, con sus dos fachadas monumentales de ébano tallado y mosaicos brillantes, ofrecía un aspecto vulgar, teniendo en su seno los colchones plegados en montón. Renovales rió del temor que le había detenido tantas veces ante la puerta cerrada. La muerte no había dejado rastro alguno. Nada recordaba allí á Josefina. En el ambiente flotaba ese olor pesado, ese sabor á polvo y humedad de todas las piezas largamente cerradas.
Transcurría el tiempo, había que buscar las condecoraciones, y Renovales, familiarizado ya con la habitación, abrió el armario esperando encontrarlas en él.