Renovales pasó varias semanas preocupado por su recepción, como si fuese el suceso más importante de su vida. La condesa se interesaba igualmente en los preparativos. Ella haría que fuese una solemnidad elegante; algo parecido á las recepciones de la Academia Francesa, descritas en periódicos y novelas. Asistirían todas sus amigas. El gran pintor leería su discurso, contemplado por cien miradas interesantes, entre el aleteo de los abanicos y el rumor de las conversaciones. Un éxito inmenso que haría rabiar á muchos artistas, ansiosos de crearse relaciones en el gran mundo.
Pocos días antes de la solemnidad, le entregó Cotoner un paquete de papeles. Era una copia del discurso, en magnífica letra; ya estaba pagado. Y Renovales, con instinto de cómico, deseoso de hacer buena figura, pasó una tarde dando zancadas de estudio en estudio, con el cuaderno en una mano y acompañando con enérgicos ademanes de la otra los párrafos leídos en alta voz. ¡Tenía talento aquel Maltranita descarado! Era una obra que entusiasmaba su simpleza de artista, ajeno á todo lo que no fuese pintar; una serie de trompetazos gloriosos en los que se mezclaban nombres, muchos nombres; admiraciones en retórico trémolo; síntesis históricas tan redondas, tan completas, que no parecía sino que la humanidad había vivido desde el principio del mundo pensando en el discurso de Renovales y midiendo sus actos, para que éste les diese una determinada interpretación.
Sentía el artista escalofríos de sublimidad, repitiendo en elocuente carretilla los nombres griegos, muchos de los cuales le sonaban, no sabiendo ciertamente si eran de grandes escultores ó de poetas trágicos. Después adquiría cierto aplomo al encontrarse con Dante y Shakespeare. Á éstos los conocía mejor; sabia que no habían pintado, pero que debían figurar en todo discurso digno de respeto. Y al llegar á los párrafos sobre el arte moderno, le parecía tocar tierra firme sonriendo con cierta superioridad. Maltranita no entendía gran cosa de esta materia; apreciaciones superficiales de profano; pero escribía bien, muy bien; él no lo hubiese hecho mejor... Y estudió su discurso, hasta el punto de repetir muchos párrafos de memoria, preocupándose además de la pronunciación de los nombres enrevesados, tomando lecciones de los amigos que consideraba de mayor cultura.
—Es por el buen parecer—decía con sencillez.—Es porque, aunque yo no sea más que un pintor, no consiento que me tomen el pelo.
El día de la recepción almorzó mucho antes de mediodía. Apenas tocó los platos; le causaba cierta inquietud esta ceremonia, que no había visto nunca. Á su zozobra se unía la molestia que experimentaba cada vez que había de atender al cuidado de su persona.
Los largos años de existencia matrimonial le habían habituado á no preocuparse de las necesidades menudas y ordinarias de la vida. Si tenía que presentarse con un traje que no era el ordinario, las manos de la madre ó de la hija arreglaban hábiles y ligeras el adorno de su persona. Aun en los momentos de mayor hostilidad, cuando él y Josefina apenas se hablaban, notaba en torno el escrupuloso orden de aquella excelente directora de la casa, que le allanaba los obstáculos, evitándole vulgares inquietudes.
Cotoner estaba ausente; el criado había ido á casa de la condesa para entregarla unas invitaciones reclamadas á última hora para ciertas amigas. Renovales se decidió á vestirse solo. Su yerno y su hija vendrían por él, á las dos. López de Sosa tenía empeño en llevarle hasta la Academia en automóvil, buscando, sin duda con esto, un pequeño rayo de los esplendores de gloria oficial que iban á derramarse sobre su suegro.
Renovales se vistió, después de bregar con las pequeñas dificultades de la falta de costumbre. Mostraba la torpeza de un niño, falto de los auxilios de la madre. Cuando al fin se contempló con cierta satisfacción en un espejo, con el frac puesto y la corbata regularmente anudada, lanzó un suspiro de descanso. ¡Por fin!... Ahora las placas, la banda. ¿Dónde encontraría estos honoríficos juguetes?... Desde la boda de Milita no se los había puesto: la pobre muerta los habría guardado. ¿Dónde encontrarlos? Y con precipitación, temiendo que transcurriese el tiempo y le sorprendiesen sus hijos sin haber terminado el adorno de su persona, comenzó á buscar, de habitación en habitación, sofocado, jurando de impaciencia, con el atolondramiento de andar á ciegas sin recordar nada preciso. Entró en el cuarto que servía de vestuario á su esposa. Tal vez tuviese guardadas en él las condecoraciones. Abrió con nervioso tirón las puertas de los grandes armarios que cubrían las paredes... Ropas y más ropas.
Al olor balsámico de las maderas, que hacía pensar en la silenciosa calma de los bosques, uníase un perfume sutil y misterioso, perfume de años, de bellezas muertas, de recuerdos extinguidos; algo semejante á la sensación que dan al olfato las flores secas. Desprendíase este olor de las masas de telas colgadas; vestidos blancos, negros, rosa, azules, con los colores apagados y discretos, los encajes mustios y amarillentos, guardando en sus pliegues algo de perfume vital del cuerpo que habían cubierto. Todo el pasado de la muerta estaba allí. Con cierta preocupación supersticiosa, había almacenado los trajes de las diversas épocas de su existencia, como si temiese el desprenderse de ellos, arrojar una parte de su vida, un fragmento de su piel.
El pintor miraba algunos de estos trajes con la misma emoción que si fuesen viejos y olvidados amigos, que se presentaban de pronto, con la sorpresa de lo inesperado. Una falda rosa, le recordaba los buenos tiempos de Roma; un traje completo azul, le hacía ver con la imaginación la plaza de San Marcos y creía sentir el aleteo de los palomos y oir como un zumbido lejano la ruidosa cabalgata de las Walkyrias. Los trajes sombríos y pobres, del cruel período de lucha, colgaban en el fondo de un armario, como hábitos de mortificación y sacrificio. Un sombrero de paja, alegre como un susurro de bosque estival, cargado de flores rojas, de pámpanos, de cerezas, parecía sonreirle desde lo alto de un estante. ¡Ay, también lo conocía! Muchas veces se había clavado en la frente su filo dentado de paja, cuando á la puesta del sol, en los caminos de la campiña romana, se agachaba él, teniendo en un brazo el talle de su mujercita, buscando su boca que se estremecía con dulce cosquilleo, mientras á lo lejos, en la bruma azulada, sonaban las esquilas de los rebaños y los lamentos musicales de los guardadores de búfalos.