Y Renovales, á quien comenzaba á hacerse simpático el tal Maltrana, á pesar de su osadía, se irguió con la majestad de su renombre. Si se tratase de hacer un cuadro para aquel acto, allí estaba él. ¡Pero un discurso!...
—Convenidos: tendrá usted el discurso—dijo Maltrana.—Es tarea fácil, conozco la receta. Hablaremos de las sanas tradiciones; abominaremos de ciertas audacias y novedades de la juventud inexperta, que estaban muy en su lugar hace veinte años, cuando usted comenzaba, pero que ahora son extemporáneas... ¿Le parece á usted bien un palito al modernismo?
Renovales sonrió, encantado de la llaneza con que hablaba este joven de su próxima obra y movió una mano con significativo balanceo. ¡Hombre! Así, así... Un justo medio estaría bien.
—Comprendido, Renovales: halagar á los viejos y no reñir con los jóvenes. Es usted un maestro de veras. Quedará usted contento.
Con una serenidad de tendero, antes de que el pintor hablase de la retribución, abordó él este asunto. Eran dos mil reales; ya se lo había dicho á Cotoner. La tarifa pequeña; la que había fijado para las personas que apreciaba.
—Hay que vivir, Renovales... Tengo un hijo.
Y su voz se tornó grave al decir esto; su rostro, feo y cínico, se ennobleció un instante, reflejando las inquietudes del amor paternal.
—Un hijo, querido maestro, por el que hago todo lo que se presenta. Si es preciso robaré. Es lo único que tengo en el mundo. La madre murió de miseria en el hospital. Yo soñaba con ser algo, pero un rorro no deja pensar en tonterías. Entre la esperanza de ser célebre y la certeza de comer... lo primero es comer.
Pero esta ternura del hombrecillo duró poco. Volvió á recobrar su gesto audaz de mercenario, que atravesaba la vida acorazado en su cinismo, desengañado por la desgracia, poniendo precio á todos sus actos. Quedaban convenidos en la cantidad: la recibiría cuando entregase el discurso.
—Y si usted lo imprime, como espero—dijo al irse,—yo me ocuparé de las pruebas sin pedir suplemento. Eso porque se trata de usted; porque soy su admirador.