Quería trabajar; iba á trabajar inmediatamente. Pero así como transcurría el tiempo, sentía una creciente pereza cerebral que le imposibilitaba para la acción; un entorpecimiento de manos, que ocultaba hasta á sus más íntimos, avergonzado al recordar su ligereza y facilidad de otros tiempos.
—Esto pasará—se decía con la confianza del que no duda en su talento.
En uno de sus caprichos imaginativos, se comparaba con los perros inquietos, fieros y acometedores cuando los atormenta el hambre, y blandos y pacíficos si los rodea el bienestar. Él necesitaba sus tiempos de avidez é inquietud, cuando lo deseaba todo, cuando no disponía de la paz del trabajo, y tras los disgustos conyugales acometía al lienzo como si fuese un enemigo, lanzándole el color furiosamente, en bofetadas de luz. Aun después de ser rico y célebre, había tenido algo que pedir. «¡Si yo tuviese tranquilidad! ¡Si fuese dueño de mi tiempo! ¡Si viviese solo, sin familia, sin preocupaciones, como debe vivir el verdadero artista!» Y bien; se cumplían sus anhelos; nada tenía que esperar, pero sentía una pereza semejante al agotamiento, con esta ausencia de todo deseo, como si la cólera y la inquietud fuesen para él un espolonazo interno de la inspiración.
Le atormentaba el hambre de celebridad; creía haber muerto obscuramente al transcurrir los días sin que le nombrasen. Se imaginaba que la juventud le volvía la espalda para mirar en distinta dirección, almacenándole entre los consagrados, admirando á otros maestros. Su orgullo de artista le hizo buscar ocasiones de notoriedad, con la inocencia de un principiante. Él, que tanto se había burlado del mérito oficial y de los rediles de las Academias, se acordó de pronto que hacía varios años le habían elegido miembro de la de Bellas Artes después de uno de sus triunfos.
Cotoner mostró asombro al ver la importancia que daba de pronto á esta distinción no solicitada, de la que se había reído siempre.
—Eran bromas de joven—dijo el maestro con gravedad.—La vida no puede tomarse siempre á risa. Hay que ser serios, Pepe; vamos para viejos, y no siempre hay que burlarse de cosas que en el fondo son respetables.
Además, se acusaba de grosería. Aquellos dignos personajes, á los que había comparado muchas veces con toda clase de animales, extrañarían que transcurriesen los años sin que él se preocupara de ocupar su sitio. Había que ir á la recepción académica. Y Cotoner, por encargó suyo, corrió con todos los preparativos; desde llevar la noticia á aquellos señores, para que fijasen la fecha de la artística solemnidad, hasta ocuparse del discurso del nuevo académico. Porque Renovales se enteró con cierto temor de que había de leer un discurso... ¡Él, que acostumbrado al manejo del pincel y por la descuidada educación de su niñez, cogía la pluma con cierta torpeza y hasta en sus cartas á la de Alberca prefería representar con graciosas figuras sus frases de pasión, á encerrarlas en letras!...
El viejo bohemio le sacó del apuro. Conocía bien á su Madrid. Los bastidores de esa vida que se exterioriza en las columnas de los periódicos no tenían misterios para él. Renovales leería un discurso tan magnífico como los de otros.
Y una tarde le llevó al estudio á un tal Isidro Maltrana, joven pequeñín, feo, con enorme cabeza y un aire de aplomo y audacia que disgustó en el primer momento á Renovales. Iba bien trajeado, pero con las solapas sucias de ceniza y el cuello del gabán moteado de caspa. El pintor notó que olía á vino. Al principio le tributó pomposamente el título de maestro, pero á las pocas palabras ya le llamaba por su apellido, con una llaneza desconcertante. Se movía en el estudio como si fuese suyo, como si toda su vida la hubiese pasado en él, sin admirar sus bellezas decorativas.
No tenía inconveniente en encargarse del discurso. Era su especialidad. Las recepciones académicas y los trabajos para los señores del Congreso constituían su mejor finca. Comprendía que el maestro necesitase de él. ¡Un pintor!...