Esta conciencia de su libertad absoluta, en vez de impulsarle á la acción, le mantenía en dulce quietud, satisfecho de poder hacerlo todo, sin que su voluntad osase intentar nada. En otros tiempos agitábase furioso, lamentando sus cadenas. ¡Las cosas que pintaría él, de ser libre! ¡Los escándalos que provocaría con sus audacias! ¡Ay, si no estuviese unido á una mezquina burguesa que intentaba reglamentar su arte con la misma corrección y dignidad que tenía para las visitas ó para los gastos de la casa!...
Y ahora que la burguesa no existía, el artista quedaba en grata somnolencia, contemplando los lienzos empezados un año antes, mirando como un enamorado tímido á su paleta abandonada, diciéndose con una falsa energía: «De mañana no pasa; mañana empiezo.»
Y al día siguiente llegaba mediodía, y con él el almuerzo, antes de que Renovales hubiese llegado á coger el pincel. Leía periódicos extranjeros, revistas de arte, enterándose con curiosidad profesional de lo que exponían y trabajaban los pintores famosos de Europa. Recibía la visita de ciertos compañeros humildes, y ante ellos se lamentaba de la insolencia de la juventud, de sus avances irrespetuosos, con una sequedad de artista ilustre que empieza á envejecer, y cree que con él se extingue el talento y nadie vendrá detrás de sus pasos. Luego le embargaba la modorra de la digestión, lo mismo que á Cotoner, y sentía dulces desfallecimientos, la felicidad de no hacer nada. Para vivir bien, tenía riquezas de sobra. Su hija, que era su única familia, encontraría á su muerte más de lo que esperaba. Había trabajado bastante. La pintura, lo mismo que todas las artes, era una mentira bonita, por cuyos progresos se agitaban los hombres como locos, hasta odiarse con impulsos de muerte. ¡Qué necedad! Era mejor permanecer en dulce calma, saboreando la alegría de la propia existencia, embriagándose en los sencillos goces animales, sintiéndose vivir. ¿Qué importaban unos cuantos cuadros más en aquellos enormes palacios llenos de lienzos, desfigurados por los siglos, que no conservaban tal vez una sola pincelada como la dieron sus autores? ¿Qué le importaba á la humanidad, que cambia de sitio cada docena de siglos, y ha visto caer las grandes soberbias de los hombres fabricadas con mármoles y granitos, que un tal Renovales produjera unos hermosos juguetes de tela y colores, que podía destruir una colilla de cigarro, ó roer en unos cuantos años un soplo de viento, una gota de agua filtrándose por la pared?...
Pero este pesimismo desvanecíase cuando alguien le llamaba «ilustre maestro», ó así que veía su nombre en un periódico y un discípulo ó un admirador mostraba curiosidad por su trabajo.
Ahora descansaba. Aun no estaba repuesto de la emoción sufrida. ¡La pobre Josefina!... Pero iba á trabajar mucho; se sentía con nuevas fuerzas para obras más grandes que las ya conocidas. Y después de estas exclamaciones, le acometía un deseo loco de trabajo y enumeraba los cuadros que llevaba en su pensamiento, insistiendo en su originalidad. Eran problemas audaces de color, nuevos procedimientos técnicos que se le ocurrían. Pero estos propósitos no rebasaban el límite de la palabra; no llegaban jamás al pincel. Parecían rotos ó enmohecidos los resortes de su voluntad, antes vibrantes y vigorosos. No sufría, no deseaba. La muerta se había llevado su fiebre de trabajo, su inquietud de artista, dejándolo en este limbo de bienestar y tranquilidad.
Por las tardes, cuando lograba arrancarse á la dulce torpeza, á la ligera punta de embriaguez que le retenía inmóvil, iba á ver á su hija, si es que estaba en Madrid, pues con gran frecuencia acompañaba á su marido en sus excursiones de automovilista. Después acababa la tarde en casa de la de Alberca, donde permanecía muchas veces hasta media noche.
Comía allí casi todos los días. La servidumbre miraba á don Mariano con respeto, adivinando el lugar que ocupaba cerca de la señora. El conde, acostumbrado al trato del artista, mostraba tanto empeño en verle como su esposa. Hablaba con entusiasmo del retrato que había de hacerle Renovales, para que formase pareja con el de Concha. Sería más adelante, cuando conquistase ciertas condecoraciones extranjeras que faltaban en su catálogo de glorias. Y el artista sentía cierto remordimiento al escuchar las simplezas del buen señor, mientras su esposa, con una audacia loca, le acariciaba con los ojos, se inclinaba hacia él, como si fuese á desplomarse en sus brazos, y buscaba su contacto por debajo de la mesa.
Luego, apenas se ausentaba el marido, se iba sobre Mariano con los brazos abiertos, hambrienta, desafiando la curiosidad de los criados. Le parecía más dulce el amor amenazado de peligros. Y el artista se dejaba adorar con cierto orgullo. Él, que al principio de esos amores era el que suplicaba y perseguía, encerrábase ahora en una pasividad superior, aceptando los homenajes de Concha, anhelante y vencida.
Falto Renovales de entusiasmo para el trabajo, se refugiaba para sostener su renombre en los honores oficiales que se conceden á los maestros respetados. Dejaba para el día siguiente la obra nueva, la magna obra que debía levantar nuevos voceríos de admiración en torno de su nombre. Pintaría su famoso cuadro de Friné en una playa, cuando llegase el verano y pudiera huir á la costa solitaria, llevando con él á la belleza perfecta que le serviría de modelo. Tal vez convenciese á la condesa. ¡Quién sabe!... Sonreía con cierta satisfacción, cada vez que escuchaba de sus labios el elogio de sus bellas desnudeces. Pero entretanto exigía el maestro que la gente se acordase de su nombre por sus trabajos anteriores, que le admirara por las obras que había producido.
Irritábase contra los periódicos, que ensalzando á la gente joven, sólo se acordaban de él para citarle de paso, como una gloria consagrada, como un señor que hubiese muerto y tuviera sus lienzos en el museo del Prado. Le agitaba esa cólera sorda del cómico, que agoniza de envidia, viendo la escena ocupada por otros.