Y Renovales emprendió su viaje con la alegría de un estudiante, libre por vez primera de la vigilancia de la familia. Solo, rico y dueño de sus actos, se creyó el ser más feliz de la tierra. Su hija tenía á su marido, formaba familia aparte; él se veía en grato aislamiento, sin preocupaciones, sin deberes, sin otros lazos que los dulcísimos de aquellas cartas interminables de Concha, que le salían al encuentro en su viaje. ¡Oh, libertad feliz!...
Vivió en Holanda, estudiando sus museos, que no conocía; después, en un capricho de pájaro errante, descendió á Italia, saboreando algunos meses de vida fácil, sin trabajo, visitando estudios, recibiendo los honores debidos á un maestro célebre, en los mismos sitios donde había luchado pobre y desconocido. Luego se trasladó á París, acabando por atraerle la condesa, que estaba en Biarritz veraneando con su esposo.
El estilo epistolar de Concha se hacía más apremiante; mostraba nuevas exigencias al prolongarse el periodo de separación. Debía volver; ya había viajado bastante. Ella se aburría no viéndole; le amaba, no podía vivir sin él. Además, como supremo recurso, le hablaba de su marido, del conde, que, en su eterna ceguera, unía sus súplicas á las de su esposa, rogándola que invitase al artista á pasar una temporada en su hotel de Biarritz. El pobre maestro debía sentirse muy triste en su viudez, y el prócer bondadoso tenía empeño en consolar su soledad. En su casa le distraerían; serían para él una nueva familia.
El pintor vivió gran parte del verano y todo el otoño en el ambiente grato de aquel hogar, que parecía creado para él. La servidumbre le respetaba, adivinando en Renovales al verdadero amo. La señora, delirante por la larga ausencia, mostrábase tan audaz en sus arrebatos, que el artista tenía que contenerla, recomendando prudencia. El noble conde de Alberca le rodeaba de una simpática conmiseración. ¡Pobre é ilustre amigo! ¡Verse privado de su compañera! Y el hombre de las condecoraciones demostraba, con noble gesto, el horror que le infundía la posibilidad de verse viudo, sin aquella esposa que tan dichoso le hacía.
Al comenzar el invierno volvió Renovales á su hotel. Ni la más leve emoción experimentó al verse en los tres grandes estudios, al recorrer aquellas habitaciones que parecían más heladas, más grandes, más sonoras, ahora que no se conmovían con otros pasos que los suyos. Creyó que no había transcurrido un año. Todo estaba lo mismo, como si su ausencia sólo fuese de unos cuantos días. El amigo Cotoner había cuidado bien la casa, haciendo trabajar al matrimonio que ocupaba la portería y al antiguo doméstico encargado de la limpieza de los estudios, única servidumbre que Renovales conservaba. Ni polvo sobre los objetos, ni atmósferas densas de larga clausura en las habitaciones. Todo aparecía brillante, limpio, como si la vida no se hubiera interrumpido en aquella casa. El sol y el aire habían penetrado á raudales por las ventanas, disolviendo aquella atmósfera de enfermedad que Renovales había dejado al irse, y en la que creía percibir el roce del invisible ropaje de la Muerte.
Era una casa nueva, semejante en su forma á la que había conocido antes, pero con la frescura y la sonoridad de los edificios recién construidos.
Fuera de su estudio, nada le recordaba á la esposa muerta. Evitó entrar en su dormitorio; no preguntó siquiera quién guardaba la llave. Durmió en el cuarto que había sido de su hija, en su camita de soltera, con la satisfacción de llevar una vida modesta y sobria en aquel hotel de señorial aspecto.
Tomaba su almuerzo en el comedor, en un extremo de la mesa, sobre una servilleta, cohibido por las dimensiones y el lujo de esta pieza, que ahora le parecía enorme é inútil. Miraba distraído un sillón, cercano á la chimenea, donde muchas veces se había sentado la muerta. El asiento, con los brazos abiertos, parecía esperar aquel cuerpecillo estremecido por encogimientos de pájaro. Pero el pintor no sentía emoción alguna. Ni siquiera podía recordar fielmente en su imaginación la cara de Josefina. ¡Había sufrido tantas transformaciones!... La última, aquella máscara esquelética, era la que evocaba mejor; pero le repelía, en su egoísmo de hombre feliz y fuerte, que no quiere entristecerse con penosos recuerdos.
No veía su imagen en ninguna parte de la casa. Parecía haberse evaporado para siempre, sin dejar el menor roce de su cuerpo en las paredes que tantas veces habían servido de apoyo á su andar vacilante, en los pisos que apenas si sentían el peso de sus débiles pies. Nada: estaba bien olvidada. En el interior de Renovales no quedaban otros vestigios de los largos años de unión, que un sentimiento penoso, un recuerdo molesto, que le hacía gustar con mayor placer su nueva existencia.
Sus primeros días, en la soledad de la casa, fueron de intensos y nuevos goces. Después del almuerzo se tendía en un diván del estudio, contemplando las espirales azules de su cigarro. ¡Libertad completa! ¡Solo en el mundo! La vida entera para él, sin preocupación alguna, sin miedos. Podía ir y venir sin que unos ojos espiasen sus acciones, sin que una boca amarga turbase con reproches su plácida calma. Aquella puertecilla del estudio, que antes miraba con zozobra, no se abriría más para dar paso al enemigo. Podía cerrarla aislándose del mundo; podía abrirla haciendo entrar por ella, en ruidoso chorro de escándalo, todo cuanto se le antojase; batallones de bellezas desnudas, para pintarlas en revuelta bacanal; extrañas bayaderas de ojos negros y vientre descubierto que danzasen con mórbido abandono sobre los tapices del estudio: todas las ilusiones desordenadas de su deseo, las monstruosas fiestas de imaginación con que había soñado en sus tiempos de servidumbre. Él no sabía ciertamente dónde encontrar todo esto, ni tenía gran empeño en buscarlo; pero le bastaba la certeza de poderlo realizar sin obstáculo alguno.