Renovales corrió al dormitorio, tropezándose con su amigo Cotoner, que salía del comedor, corriendo también. La vieron en un sillón, encogida, plegada, con esa flacidez mortal que convierte el cuerpo en blando pingajo. Todo había acabado.

Milita tuvo que coger á su padre; sostenerlo con su vigor de muchacha fuerte; ser ella la que guardase la serenidad y la energía en el crítico momento. Renovales se dejaba manejar por su hija; apoyaba el rostro en un hombro de ella, con dolor sublime, teatral, una hermosa desesperación de artista, conservando aún en su mano, distraídamente, la carta de la condesa.

—Valor, Mariano—decía el pobre Cotoner con voz cargada de lágrimas.—Hay que ser hombres... Milita, lleva á tu padre al estudio... Que no la vea...

El maestro se dejó conducir por su hija, suspirando con fuertes resoplidos, queriendo llorar, con inútiles esfuerzos. Las lágrimas no llegaban. Su atención no podía concentrarse: la distraía una voz interior, la voz de las grandes tentaciones.

Había muerto y quedaba libre. Seguiría su camino, ligero, dueño de sí mismo, sin fatigosa impedimenta. ¡Á él la vida con todos sus goces; el amor sin miedos ni escrúpulos; la gloria con sus dulces réditos!...

Iba á comenzar una segunda existencia.

TERCERA PARTE

I

Hasta principios del invierno siguiente, no volvió Renovales á Madrid. La muerte de su mujer le dejó estupefacto, como si dudase de su realidad, como si sintiera extrañeza al contemplarse solo y dueño de sus acciones. Cotoner, viéndole sin deseos de trabajar, tendido en los divanes del estudio, con un gesto vago, cual si soñase despierto, interpretaba su estado como un inmenso dolor sordo y silencioso. Además, le molestaba que la condesa, apenas muerta Josefina, frecuentase el hotel para visitar al ilustre maestro y á su querida Milita.

—Debes irte—aconsejaba el viejo artista.—Eres libre; lo mismo vivirás en cualquier parte que aquí. Te conviene un viaje largo: eso te distraerá.