—¡Quién sabe!—murmuró la enferma con los ojos cerrados.—Tal vez, después que yo muera, te acordarás de mi... Tal vez me quieras algo... y me recuerdes... y sientas agradecimiento hacia la que tanto te amó. Lo que se pierde es lo que se desea...
Calló la enferma, anonadada por tanto esfuerzo; se sumió en aquel sopor fatigoso, que para ella equivalía al descanso. Renovales, después de esta conversación, se vió en un estado de vil inferioridad ante su mujer. Lo sabía todo y le perdonaba. Había seguido el curso de sus amores, carta por carta, gesto por gesto, adivinando en sus sonrisas los recuerdos de la infidelidad, oliendo á todas horas el cuerpo de la otra en el perfume que impregnaba sus ropas; husmeando tal vez, durante noches enteras de cruel desvelo, aquella esencia de pecado, inadvertida para los demás, pero que ella percibía con la agudeza de sus sentidos. ¡Y callaba! ¡Y moría sin protesta! ¡Y él no caía á sus pies, pidiéndola perdón! ¡Y permanecía insensible, sin una lágrima, sin un suspiro!
Tuvo miedo de verse á solas con ella. Milita volvió á quedarse en la casa para cuidar á su madre. El maestro se refugiaba en su estudio; quería olvidar, trabajando, á aquel cuerpo moribundo que se extinguía bajo el mismo techo.
Pero en vano arrojaba colores en la paleta, y cogía los pinceles, y preparaba lienzos. No hacía más que embadurnar; le era imposible seguir adelante, como si de pronto hubiese olvidado su arte. Volvía la cabeza con inquietud, creyendo que Josefina iba á entrar de pronto, continuándose aquella entrevista en la que había puesto al descubierto su grandeza de alma y la ruindad de él. Necesitaba volver á sus habitaciones, ir de puntillas hasta la puerta del dormitorio, para convencerse de que estaba allí, cada vez más exigua, escuchando á su hija con una sonrisa de calavera que ajustaba la piel á las obscuras oquedades de sus huesos.
Su demacración era espantosa: no encontraba límites. Cuando parecía haber llegado al último extremo, todavía sorprendía con nuevos encogimientos, como si tras la desaparición total de la carne fuese liquidándose el mísero esqueleto.
Algunas veces atormentábala el delirio, y su hija, conteniendo las lágrimas, acogía con palabras de aprobación los disparatados viajes que proyectaba, sus propósitos de irse muy lejos, para vivir con Milita en un jardín, donde no encontrasen hombres, donde no existiesen pintores... ¡nada de pintores!
Aun vivió unos quince días. Renovales, con cruel egoísmo, ansiaba descansar, lamentándose de esta existencia anormal. Si había de morir, ¡por qué no acababa cuanto antes, devolviendo la tranquilidad á todos los de la casa!...
Ocurrió el suceso una tarde, á la hora en que el maestro, tendido en un diván de su estudio, releía las dulces quejas de una cartita perfumada. ¡Tantos días sin verle! ¿Cómo seguía la enferma? Reconocía que su deber estaba allí: la gente murmuraría si la visitaba. Pero ¡ay! ¡era tan penosa esta separación!...
No pudo acabar de leer. Entró Milita en el estudio, con expresión azorada, llevando en los ojos ese terror, ese asombro que infunde la presencia de la muerte, el roce de su paso, aunque se aguarde su llegada.
Su voz tenía bruscas sacudidas. Mamá... estaba hablando con ella, la halagaba con la esperanza de un próximo viaje... y de pronto un ronquido... la cabeza inclinándose antes de caer sobre el hombro... un momento... nada... ¡lo mismo que un pajarito!