La enferma sonrió con tristeza. Al principio era amistad, menos aún que esto, maligno entretenimiento de hembra caprichosa que gozaba jugueteando con un hombre célebre, infundiéndole los entusiasmos de un adolescente. Conocía á la compañera de su infancia; tenía la certeza de que no pasaría de ahí; por eso se apiadaba del pobre grande hombre, en plena imbecilidad amorosa. Pero después había ocurrido seguramente algo extraordinario, algo que no se explicaba y que había trastornado sus previsiones. Ahora su marido y Concha eran amantes.
—No lo niegues, es inútil. Esta certeza es la que me mata. Lo adiviné al ver que te quedabas abstraído, con una sonrisa de felicidad, como si saboreases tus pensamientos. Lo adiviné en la alegría con que cantabas por las mañanas al despertar, en el perfume de que venías impregnado, y que te seguía por todas partes. No necesitaba encontrar más cartas. Me bastaba olerte, percibir ese perfume de infidelidad, de carne de pecado, que te acompaña siempre. Tú, pobre hombre, entrabas en casa creyendo que todo se quedaba más allá de la puerta, y el olor de ella te sigue, te denuncia... Aun parece que lo percibo.
Y dilataba su nariz, aspirando el aire con gesto de dolor, cerrando los ojos, como si quisiera huir de las imágenes que este perfume evocaba en ella. El marido persistió en sus protestas al convencerse de que no poseía otras pruebas de su infidelidad. ¡Todo mentiras! ¡Todo delirios!...
—No, Mariano—murmuró la enferma.—Ella está dentro de ti; te llena la cabeza: desde aquí la veo. Antes ocupaban su sitio mil fantasías disparatadas, ilusiones de tu gusto, mujeres desnudas, liviandades que eran tu devoción. Ahora es ella la que lo llena todo; es tu deseo hecho carne... Quedaos y sed felices. Yo me voy... falta sitio en el mundo para mí.
Calló un momento y á sus ojos subieron las lágrimas otra vez, con el recuerdo de los primeros años de vida común.
—Nadie te ha querido como yo, Mariano—dijo con nostálgica dulzura.—Te miro ahora como si fueses un extraño, sin cariño y sin odio. ¡Y sin embargo, no ha habido en el mundo una mujer que amase á su marido con mayor apasionamiento!
—Yo te adoro, Josefina. Te amo lo mismo que cuando nos conocimos. ¿Te acuerdas?
Pero en su voz, á pesar de la emoción que pretendía darla, sonaba la falsedad.
—No te esfuerces, Mariano, es inútil; todo acabó. Ni tú me quieres, ni queda en mí nada de lo que fué...
En su rostro había un gesto de extrañeza, de asombro; parecía espantada de su misma serenidad que le hacía perdonar, de esta indiferencia final para el hombre que tanto la había hecho sufrir. En su imaginación, veía un jardín inmenso; flores que parecían inmortales, y se secaban y caían al llegar el invierno. Después su pensamiento seguía más allá, por encima de los fríos de muerte. Las nieves se liquidaban, brillaba otra vez el sol; llegaba la nueva primavera, con su cortejo de amores, y las ramas secas reverdecían con una segunda vegetación.