—Josefina, no delires. Cálmate; ¡por Dios, no digas esos disparates!

Ella sonreía con una mueca dolorosa, horrible; pero luego su mísero rostro se hermoseaba con la serenidad del que se va, sin pesadillas ni delirios, en plena normalidad cerebral. Le hablaba con la inmensa conmiseración, con la piedad sobrehumana del que contempla el mísero río de la vida, saliéndose de su corriente, tocando ya con el pie las riberas de eterna sombra, de eterna paz.

—No quería irme sin decírtelo: muero sabiéndolo todo. No te muevas... no protestes. Bien conoces el poder que tengo sobre ti. Más de una vez te he visto mirarme aterrado, por la facilidad con que leo tus pensamientos... Hace años me convencí de que todo había acabado entre nosotros. Hemos vivido como buenos animalitos de Dios, comiendo juntos, durmiendo juntos, ayudándonos por necesidad; pero yo me asomaba á tu interior, miraba tu corazón... ¡nada! ni un recuerdo, ni una chispa de amor. He sido tu hembra, la buena compañera que cuida la casa y evita al hombre las preocupaciones pequeñas de la vida. Has trabajado mucho para envolverme en el bienestar, para que callase satisfecha y te dejara tranquilo. ¿Pero amor?... Nunca... Muchos viven como nosotros... muchos; casi todos. Yo no he podido; creía que la vida era otra cosa y no siento irme... No te enfurezcas, no grites. Tú no tienes la culpa, pobre Mariano... Fué un error el casarnos.

Se excusaba dulcemente, con una bondad que no parecía de este mundo, pasando generosa sobre las crueldades y los egoísmos de una vida que iba á dejar. Hombres como él eran excepcionales; debían vivir solos, en una existencia aparte, como los árboles grandes que absorben todo el jugo del suelo y no dejan crecer una sola planta en lo que abarcan sus raíces. Ella no tenía la fuerza del aislamiento: era débil; necesitaba para vivir la sombra de la ternura, la certeza de ser amada. Debía haberse unido á un hombre como todos; un ser simple lo mismo que ella, sin otros anhelos que los modestos apetitos de la vulgaridad. El pintor la había arrastrado en su ruta extraordinaria, fuera de los caminos fáciles y comunes que siguen los demás, y ella caía en mitad de la marcha, vieja en plena juventud, vencida por haberle acompañado en esta jornada superior á sus fuerzas.

Renovales agitábase en torno de ella con incesante protesta.

—¡Pero qué tonterías dices! ¡Deliras! Yo te he querido siempre, Josefina; te quiero...

Los ojos de ella tomaron una extraña dureza. El fulgor de la cólera pasó por sus pupilas.

—Calla, no mientas. Conozco un montón de cartas que tienes en el estudio, ocultas tras los volúmenes de tu librería. Las he leído una por una; he ido siguiendo su llegada; conocí tu escondrijo cuando sólo guardabas tres. Ya sabes que adivino todo lo tuyo; que tengo sobre ti cierto poder; que no puedes ocultarme nada. Conozco tus amores...

Renovales sintió que le zumbaban las sienes, que el suelo se escapaba bajo sus pies. ¡Qué asombrosa brujería!... Hasta las cartas, cuidadosamente ocultas, las había descubierto aquella mujer con su instinto adivinatorio.

—¡Mentira!—gritó enérgicamente para ocultar su turbación.—¡Nada de amor! Si las has leído, tú sabes lo que es tan bien como yo: pura amistad; cartas de una amiga que está algo loca.