Cotoner tenía que reprimir sus lágrimas al verla.
—¡No queda nada de ella!—decía al alejarse.—¡Nadie la conocería!
Su tos dolorosa sembraba en torno de ella el veneno de la muerte. Á su boca asomaba una espumilla blanca que parecía solidificarse en las comisuras de los labios. Sus ojos se agrandaban, adquirían una luz extraña, como si viesen más allá de las personas y las cosas. ¡Ay, estos ojos! ¡Qué estremecimiento de pavor despertaban en Renovales!...
Una tarde se fijaron en él, con la mirada intensa y tenaz que siempre le había aterrado. Eran ojos que le agujereaban la frente, que revolvían sus pensamientos.
Estaban solos; Milita se había ido á su casa; Cotoner dormitaba en un sillón del estudio. La enferma parecía más animada, con deseos de hablar, contemplando con cierta lástima al marido, sentado junto á ella, casi á sus pies.
Iba á morir; tenía la certeza de su muerte. Y una postrera rebelión de la vida que se resiste á extinguirse, el horror de la nada, hizo subir las lágrimas á sus ojos.
Renovales protestó con vehemencia, queriendo disfrazar su mentira entre gritos. ¿Morir?... ¡No había que pensar en eso!... Viviría; aun le quedaban muchos años de existencia feliz.
Ella sonrió como si le compadeciese. No admitía el engaño: sus ojos iban más allá que los de él; adivinaba lo impalpable, lo invisible que rondaba en torno de ella. Habló débilmente, pero con esa inexplicable solemnidad de la voz que emite sus últimos sonidos, del alma que se exterioriza por vez postrera.
—Moriré, Mariano, más pronto de lo que crees... más tarde de lo que yo deseo. Moriré, y tú quedarás tranquilo.
¡Él! ¡Él desearla la muerte!... Su sorpresa y su remordimiento le hacían ponerse de pie, bracear con fieros ademanes de protesta, agitarse con la misma violencia que si unas manos invisibles acabaran de desnudarle con rudo tirón.