¡Se muere!... Renovales quedó anonadado por la sorpresa, como si nunca hubiese creído en la posibilidad de este final. ¡Se muere!... Y después de la salida del médico, que se alejó con pasó más firme, como el que acaba de librarse de un grave peso, el pintor repitió mentalmente estas palabras, sin que le produjesen otro efecto que dejarlo absorto, en estúpida insensibilidad. ¡Se muere! ¿Pero era que realmente podía morir aquella mujercita, que tanto había pesado sobre su vida y cuya debilidad le inspiraba miedo?...
De pronto se vió paseando por el estudio, repitiendo en alta voz:
—¡Se muere! ¡Se muere!
Se lo decía á sí mismo para conmoverse, para prorrumpir en gemidos de dolor: pero su sensibilidad permanecía muda.
Josefina iba á morir; ¡y él estaba sereno! Sintió deseos de llorar: quiso llorar, con la voluntad imperiosa del que necesita cumplir un deber. Parpadeó, hinchando su pecho, conteniendo el aliento, esforzándose por abarcar con la imaginación esta desgracia; pero sus ojos permanecieron secos; sus pulmones aspiraron el aire con delicia; su pensamiento, duro y refractario, no se estremeció con ninguna imagen dolorosa. Era un pesar exterior, superficial, que no encontraba más que palabras, gestos y desordenados paseos: el interior seguía insensible, como si la certidumbre de aquella muerte lo hubiese congelado en plácida indiferencia.
Le atormentó la vergüenza de su monstruosidad. El mismo impulso que obligaba á los ascetas á imponerse mortales castigos por los pecados de su imaginación, le arrastró á él, con la fuerza del remordimiento, á la habitación de la enferma. No saldría de allí, arrostraría su desprecio silencioso, la acompañaría hasta el último momento, olvidando el sueño y el hambre. Sentía la necesidad de purificarse, con algo noble y generoso, de esta ceguera de su alma que le daba miedo.
Milita ya no pasó las noches al cuidado de su madre y pudo volver á su casa, con escasa satisfacción del marido, que sentía cierto placer con este retorno inesperado á su existencia de soltero.
Renovales no dormía. Después de media noche, cuando se marchaba Cotoner, paseaba en silencio por las habitaciones profusamente iluminadas; rondaba cerca del dormitorio; entraba en él para ver á Josefina en su lecho, sudorosa, agitada de vez en cuando por crueles toses, sumida en un sopor de muerte y tan enflaquecida, tan pequeña, que apenas si las ropas de la cama marcaban su insignificante bulto, como el cuerpo de un niño. Después el maestro pasaba el resto de la noche en un sillón, fumando, con los ojos muy abiertos, pero sumido el cerebro en la torpeza de la somnolencia.
Su pensamiento volaba lejos. Era en vano que se avergonzase de su crueldad: parecía hechizado por un poder misterioso, superior á sus remordimientos. Olvidaba á la enferma; se preguntaba lo que haría Concha á aquellas horas; la veía con la imaginación, desnuda y en impúdico abandono; recordaba las palabras, los estremecimientos, los gritos de sus entrevistas. Y cuando con gran esfuerzo se arrancaba á estos ensueños, iba como por expiación hasta la puerta de la enferma y escuchaba su aliento angustioso, poniendo el rostro compungido, pero sin poder llorar, sin aquella tristeza que en vano deseaba sentir.
Á los dos meses de enfermedad, Josefina no pudo permanecer en el lecho. Su hija la sacaba de él sin ningún esfuerzo, con la misma ligereza que si fuese una pluma, y permanecía en un sillón, pequeñísima, insignificante, desconocida, con un rostro descarnado que no presentaba de frente más que los grandes redondeles de los ojos y la nariz afilada como la hoja de un cuchillo.