Sentía la necesidad de mentir. Se consolaba quitando importancia á la enfermedad. Creía descargarse, con este engaño voluntario, de la inquietud que le aguijoneaba. Era la mentira del que se sincera, fingiendo ignorar, la importancia del daño causado.

—No es nada—decía á su hija, que, alarmada por el aspecto de mamá, venía á pasar con ella todas las noches.—Un constipado; ronquera de invierno. Eso desaparecerá así que llegue el buen tiempo.

Hacía encender todas las chimeneas de la casa: una atmósfera de horno esparcíase por las habitaciones. Afirmaba á gritos, sin emoción alguna, que su mujer sólo sufría un resfriado, y al hablar con esta certeza, una voz extraña parecía gritarle dentro del cráneo: «Mentira; se muere. Se muere y tú lo sabes.»

Los síntomas de que le había hablado el médico, iban presentándose uno tras otro, con fatídica regularidad, en un engranaje mortal. Al principio sólo notó en ella una fiebre viva y continua, que parecía aumentarse á la caída de la tarde, con profundos estremecimientos. Después observó sudores, de una abundancia aterradora; sudores nocturnos que dejaban impresa en las sábanas la huella de su cuerpo. Y á este cuerpo mísero, cada vez más frágil, más esquelético, como si el fuego de la fiebre devorase hasta la última partícula de su grasa y sus músculos, no le quedaba otra envoltura y defensa que la piel, que también parecía liquidarse en eterna humedad. La tos era frecuente; rasgaba á todas horas con su escala de ronquidos fatigosos el silencio del hotel, y la débil mujercita se incorporaba buscando dónde ocultar los residuos de la erupción dolorosa que conmovía sus pulmones. Se quejaba de un continuo dolor en la base del pecho. Su hija la hacía comer, á costa de ruegos y caricias, llevándola la cuchara á la boca como si fuese una niña; pero la tos y la náusea cortaban la nutrición, espeliendo el alimento. Su lengua estaba seca. Se quejaba de una sed infernal que parecía devorarle las entrañas.

Así transcurrió un mes. Renovales, en su afán optimista, esforzábase por creer que la enfermedad no iría más lejos.

—No se muere, Pepe—decía con tono enérgico, como dispuesto á pelearse con el que se opusiera á esta afirmación.—No se muere, doctor. ¿No lo cree usted así?

El doctor contestaba con su eterno encogimiento de hombros. «Tal vez... Es posible.» Y como la enferma se negase con tenacidad á todo examen interior, iba enterándose de los síntomas por las revelaciones de la hija y el marido.

Á pesar de su esquelética delgadez, aumentaban de volumen algunas partes de su cuerpo. El vientre era mayor: las piernas ofrecían extraña particularidad: una, delgadísima, enjuta, marcando bajo la piel las estrecheces y amplificaciones de los huesos, sin el más leve almohadillado de grasa; la otra, enorme, de una gordura que jamás había tenido, con la piel tirante y blanca, marcando en ella las venas sus serpenteados de intenso azul.

Renovales hacía preguntas al doctor con gran ingenuidad. ¿Qué opinaba de estos síntomas? Y el médico bajaba la cabeza. No sabía; había que esperar: la Naturaleza tiene sus sorpresas. Pero después, como animado por repentina decisión, pretextó el deseo de escribir una receta, para hablar á solas con el marido en su estudio de trabajo.

—La verdad, Renovales... Me pesa esta comedia misericordiosa, buena para otros; pero usted es un hombre... Es una tisis galopante; tal vez asunto de días, tal vez asunto de pocos meses; pero se muere y yo no conozco el remedio. Si usted quiere, busque á otros.