—¿Has pasado la noche bien? ¿Quieres algo?

Los ojos de la mujer le acogían con una mirada de extrañeza, de hostilidad.

—Nada.

Y acompañaba este laconismo, revolviéndose en el lecho, para dejarle á su espalda con gesto despectivo.

El pintor acogía sus muestras de hostilidad con mansa resignación. Era su deber: ¡tal vez podía morirse! Pero esta posibilidad de la muerte no le conmovía, le dejaba frío, y se irritaba contra sí mismo, como si dentro de su pensamiento existiesen dos personalidades distintas... Se echaba en cara su crueldad, aquella glacial indiferencia ante la enferma, que sólo le producía un pasajero remordimiento.

Una tarde, en casa de la de Alberca, después de los audaces abandonos con los que parecían desafiar la santa calma del prócer, vuelto ya del viaje, el pintor habló tímidamente de su mujer.

—Vendré menos; no lo extrañes. Josefina está muy enferma.

—¿Mucho?—preguntó Concha.

Y en la chispa que pasó por su mirada, creyó ver Renovales algo conocido; un resplandor azul que había danzado ante él en la obscuridad de sus noches, con brillo infernal, turbando su conciencia.

—No: tal vez no sea nada. Yo creo que no es de peligro.