El viejo pintor mostrábase alarmado por la delgadez creciente de Josefina: una consunción feroz, que aun encontraba materias que destruir en su organismo, roído por varios años de enfermedad. La pobre mujercita tosía, y esta tos, que no era seca, sino prolongada en varios tonos y bruscas sacudidas, alarmaba á Cotoner.

—Debían verla los médicos otra vez.

—¡Los médicos!—exclamaba Renovales.—¿Y para qué? Toda una facultad ha pasado por aquí, y como si nada. No obedece; se niega á todo, tal vez por desesperarme, por llevarme la contraria. No hay peligro: tú no la conoces. Ahí, donde la ves tan débil, tan poquita cosa, vivirá más que tú, más que yo.

En su voz había temblores de cólera, como si le enfureciese el ambiente uraño de aquella casa, en la que no encontraba otra distracción que los gratos recuerdos que traía de fuera.

La insistencia de Cotoner acabó por obligarle á llamar á un médico amigo suyo.

Josefina se irritó, adivinando los cuidados que inspiraba su salud. Ella se sentía fuerte. No era más que un catarro; el invierno que llegaba. Y en sus miradas al artista había reproche é insulto, por esta atención, que consideraba una hipocresía.

Cuando después de examinar á la enferma se trasladaron al estudio, quedando frente á frente el pintor y el médico, éste se mostró indeciso, como si temiese formular sus ideas. Nada podía decir con certeza; era fácil engañarse en aquel organismo pobre que sólo se mantenía por una reserva vital extraordinaria... Después apeló al procedimiento evasivo de su profesión. Convendría sacarla de Madrid... otros aires... otra vida.

Renovales protestó. ¡Adónde ir, comenzado ya el invierno, cuando en pleno verano había querido ella volver á su casa! El médico levantó los hombros y redactó una receta, notándose en su gesto el deseo de escribir algo, de no marcharse sin dejar un papel como rastro de su paso. Explicó al marido varios síntomas, para que los observase en la enferma, y se fué, repitiendo su encogimiento de hombros, que revelaba indecisión y desaliento.

—¡Pchs! ¡Quién sabe!... ¡Tal vez! El organismo tiene reacciones inesperadas: reservas maravillosas para defenderse...

Estos consuelos enigmáticos alarmaron á Renovales. Espiaba con disimulo á su mujer, estudiando su tos, examinándola atentamente cuando ella no le veía. Ya no pasaban juntos la noche. Desde el casamiento de Milita, el padre ocupaba la habitación de ésta. Habían roto la esclavitud del lecho común que atormentaba su descanso. Renovales remediaba este alejamiento entrando en el dormitorio de Josefina por las mañanas.