Las manos de ella separaron suavemente los mechones que ocultaban la frente del artista... Le contempló con arrobamiento. Después le besó dulcemente en la boca, con caricia interminable, susurrando leves palabras.
—Marianito, maestro del alma... Te amo, te admiro. Seré tu esclava... No me dejes nunca... Te buscaría de rodillas... Tú no sabes cómo voy á quererte... No te me escaparás: tú lo has querido... pintor de mis entrañas... feo adorable... gigantón... ídolo mío.
V
Una tarde, á fines de Octubre, Renovales notó en su amigo Cotoner cierta inquietud.
El maestro bromeaba con él, haciéndole relatar sus trabajos de restaurador en el antiguo templo. Había vuelto más grueso, más alegre, con cierto lustre grasoso y sacerdotal. Se había traído, según decía Renovales, toda la salud de los canónigos. La mesa del obispo, con sus abundancias suculentas, era un dulce recuerdo para Cotoner. La ensalzaba y la describía, elogiando á aquellos buenos señores que, como él, vivían exentos de pasiones, sin otra voluptuosidad que la de una refinada nutrición. El maestro reíase imaginando la sencillez de los sacerdotes que por las tardes, después del coro, formaban grupo ante el andamio de Cotoner, siguiendo con admiración la labor de sus manos; el respeto de los familiares y demás gente palaciega, pendiente de los labios de don José, asombrados de tanta sencillez en un artista que era amigo de los cardenales y había hecho sus estudios nada menos que en Roma.
Al verle el maestro aquella tarde, grave y silencioso después del almuerzo, quiso saber cuál era su preocupación. ¿Se habían quejado de sus restauraciones? ¿Ya no le quedaba dinero?... Cotoner movió su cabeza. No era asunto suyo. Le preocupaba el estado de Josefina. ¿No se fijaba en ella?...
Renovales levantó los hombros. Era lo de siempre: la neurastenia, la diabetes, todas aquellas dolencias ya crónicas y de las que no quería curarse, desobedeciendo á los médicos. Estaba más enflaquecida, pero sus nervios parecían calmados; lloraba menos: manteníase en un mutismo triste, sin otro deseo que verse sola y permanecer en un rincón, mirando ante ella, sin ver nada.
Cotoner volvió á mover la cabeza. No era extraño el optimismo de Renovales.
—Llevas una vida muy rara, Mariano. Desde que regresé de mi viaje, eres otro; no te conozco. Antes no podías vivir sin pintar, y ahora pasan semanas enteras sin coger un pincel. Fumas, cantas, te paseas por el estudio, y de repente echas á correr, sales de casa y vas... adonde vas; adonde sé yo, y tal vez lo sospecha tu mujer... Parece que nos divertimos, maestro... ¡Y á los demás que los parta un rayo! Pero, hombre, baja de las nubes; fíjate en lo que te rodea; ten un poco de caridad.
Y el buen Cotoner lamentábase con vehemencia de la vida que llevaba el maestro; vida agitada por repentinas impaciencias y bruscas salidas, de las que regresaba distraído, con una débil sonrisa en los labios y una mirada vaga, como si saborease en interna contemplación la fiesta de recuerdos que traía en su memoria.