Y cerrando los ojos, que ya no lloraban, besábale el musculoso cuello, elevaba la mirada húmeda, buscando su rostro en la penumbra. Apenas se veían: la habitación estaba en misterioso crepúsculo, con todos los objetos sumidos en la indecisión de un ensueño: la hora peligrosa que les había atraído por vez primera en la soledad del estudio.
De pronto, ella se separó con repentino terror, huyendo del maestro, refugiándose en las sombras más densas, perseguida por unas manos ávidas.
—¡No; eso no! ¡Nos traerá desgracias! Amigos... ¡amigos nada más, y por siempre!
Su voz, al decir esto, era sincera, pero débil, desfallecida; voz de víctima que se resiste é intenta defenderse sin fuerzas. El pintor, perdido en la sombra, sintió la bestial satisfacción del guerrero primitivo, que tras las largas hambres en el desierto, hartábase de las abundancias de la ciudad asaltada, entre rugidos salvajes.
Cuando despertó era de noche. La luz de los reverberos de la calle entraba por las ventanas con resplandor rojizo y lejano.
El artista se estremeció con una impresión de frío, como si emergiese de una onda, olorosa y susurrante, que le había envuelto, no recordaba cuánto tiempo. Sentíase débil, anonadado, con la inquietud del niño después de una mala acción.
Concha se lamentaba junto á él. ¡Qué locura! Todo había sido contra su voluntad: presentía grandes desgracias. Su miedo turbaba el placentero abandono, que la hacía permanecer inmóvil en las últimas dulzuras del sacrificio.
Ella fué la primera en recobrar la serenidad. Su silueta se elevó sobre el fondo luminoso de una ventana. Llamaba al pintor, que permanecía avergonzado en la sombra.
—Al fin... había de ser—dijo con firmeza.—Era un juego peligroso, y no podía terminar de otro modo. Ahora comprendo que te quería; que eras tú el único á quien yo puedo querer.
Renovales estaba junto á ella. Sus dos figuras marcaron una silueta única sobre el fondo luminoso de la ventana, con un estrujón supremo, como si quisieran confundirse, refugiarse una en otra.