De pronto cortó la palabra á su viejo amigo, mostrándole con un ademán todos los retratos de Josefina, como si fuesen obras nuevas que acababa de producir.
Cotoner se extrañó... Los conocía todos: hacía años que estaban allí. ¿Qué novedad era aquella?...
El maestro le comunicó su reciente sorpresa. Había vivido junto á ellos sin verlos: acababa de descubrirlos dos horas antes. Y Cotoner reía.
—Tú estás algo tocado, Mariano. Vives sin darte cuenta de lo que te rodea. Por eso no te has enterado aún del casamiento de Soldevilla con una muchacha muy rica. El pobre chico está triste porque su maestro no ha asistido á la boda.
Renovales encogió los hombros. ¿Qué le importaban á él esas tonterías?... Hubo una larga pausa, y el maestro, pensativo y triste, levantó de pronto la cabeza con un gesto de resolución.
—¿Qué te parecen esos retratos, Pepe?—preguntó con ansiedad.—¿Es ella? ¿No me equivocaría al hacerlos? ¿No la vería de otro modo que como fué?...
Cotoner rompió á reir. Realmente, el maestro estaba tocado. ¡Vaya unas preguntas! Aquellos retratos eran unas maravillas, como todo lo suyo. Pero Renovales insistió, con la impaciencia de la duda. ¡El parecido!... ¡Quería saber si aquellas Josefinas eran iguales á la muerta!
—Exactísimo—dijo el bohemio.—¡Pero hombre, si lo que más asombra en tus retratos es la fidelidad con que sorprendes la vida!
Afirmábalo con energía, pero una duda escarabajeaba en su interior. Sí; era Josefina, pero con algo extraordinario, ideal. Sus facciones parecían las mismas, pero llevaban una luz interna que las embellecía. Era el defecto que había encontrado siempre á estos retratos; pero se calló.
—Y ella—insistió el maestro,—¿era realmente hermosa? ¿Qué te parecía como mujer? Dímelo, Pepe... sin reparos. Es extraño; yo no recuerdo bien cómo era.