Cotoner quedó desconcertado por estas preguntas y respondió con cierto embarazo. ¡Vaya una ocurrencia! Josefina era muy buena, un ángel; él la recordaría siempre con agradecimiento. La había llorado como si fuese una madre, y eso que podía ser casi hija suya. Tenía grandes delicadezas y cuidados para el pobre bohemio.

—No es eso—interrumpió el maestro.—Yo pregunto si te parecía hermosa; si lo era realmente.

—Hombre, sí—dijo Cotoner con resolución.—Era hermosa... más bien dicho, simpática. Al final parecía un poquillo estropeada. ¡La enfermedad!... En fin, un ángel.

Y el maestro, tranquilizado por estas palabras, quedó en larga contemplación ante sus propias obras.

—Sí; era muy hermosa—dijo lentamente, sin apartar la vista de los lienzos.—Ahora lo reconozco; ahora la veo mejor... Es extraño, Pepe; parece como que encuentro hoy á Josefina, después de un largo viaje. La había olvidado; ya no sabía ciertamente cómo era su cara.

Hubo otra larga pausa, y de nuevo acometió el maestro á su amigo con una pregunta ansiosa.

—¿Y quererme?... ¿Crees tú que me quería de veras? ¿Que era por amor por lo que se mostraba, algunas veces... tan rara?

Ahora sí que no vaciló Cotoner, como en las preguntas anteriores:

—¡Quererte!... ¡Con delirio, Mariano! ¡Como ningún hombre ha sido querido en el mundo! Todo lo que hubiera entre vosotros, eran celillos, exceso de afecto. Lo sé mejor que nadie; á los buenos amigos que como yo entran y salen en una casa, lo mismo que perros viejos, se les trata con confianza, se les dicen cosas que no sabe el marido... Créeme, Mariano; nadie más te querrá así. Los berrinches eran nubes de las que pasan. Tengo la certeza de que ya no te acuerdas de ellas. Lo que no pasaba era lo otro; el amor que te tenia. Me consta: lo sé de cierto; ya sabes que ella me lo contaba todo, que era yo la única persona á quien podía tolerar en sus últimos tiempos.

Renovales pareció agradecer con una mirada de alegría estas palabras de su amigo.